¬°Ah, el amor!

“Oh, qu√© ser√°, qu√© ser√° que no tiene decencia, ni nunca tendr√°, que no tiene censura, ni nunca tendr√°, que no tiene sentido…”, canta Chico Buarque y con √©l canta toda nuestra cultura desde hace milenios. Oh, qu√© ser√°, qu√© ser√°… y ah√≠ est√°n Eros y Psique, Pen√©lope y Ulises, Troilo y Cr√©cida, Romeo y Julieta..

“Oh, qu√© ser√°, qu√© ser√° que vive en las ideas de los amantes, que cantan los poetas m√°s delirantes…”, y aqu√≠ estamos tambi√©n nosotros cant√°ndole al amor, al Amor, con may√ļsculas, en la celebraci√≥n de este nuevo hijo de la colecci√≥n Primero sue√Īo: Las cinco estaciones del amor, de Joao Almino. Y hoy, como lo hicimos en cada uno de nuestros t√≠tulos, queremos que √©sta sea una fiesta. Una fiesta que ‚Äď ustedes me van a perdonar ‚Äď estoy iniciando esta vez de manera bastante cursi.

Por otra parte, quiero decirles que estoy ancha, ancha de orgullo, como directora de esta colecci√≥n, por el nacimiento de este cuarto libro. Y m√°s orgullosa y contenta a√ļn porque estamos dando a conocer por primera vez en espa√Īol la obra de este important√≠simo escritor brasile√Īo, Joao Almino. Quiero agradecerle much√≠simo a Joao, el que haya aceptado publicar su novela en nuestra colecci√≥n. Las cinco estaciones del amor reafirma los dos elementos que caracterizan a “Primero Sue√Īo”: la exploraci√≥n de los diversos tipos de relaci√≥n que existen entre el cuerpo y la escritura, algo fundamental en la novela que hoy presentamos, y la vocaci√≥n latinoamericana. Espero no sonarles demasiado antigua si digo que esta vocaci√≥n tiene que ser hoy m√°s fuerte que nunca, ante el embate de mercados dizque globales y de violencias muy localizadas‚ĶA pesar de que parece in√ļtil seguir dici√©ndolo no pensamos claudicar en este m√≠nimo gesto √©tico: NO A LA GUERRA. NO A LA VIOLENCIA.

2. ¬ŅD√≥nde qued√≥ la alegr√≠a?

Y hablando de amor y de canciones, hay una que escribi√≥ Fito P√°ez que dice “La alegr√≠a no es s√≥lo brasilera”; despu√©s de leer Las cinco estaciones del amor, le podr√≠amos contestar que la melancol√≠a no es s√≥lo argentina. M√°s bien creo que no es argentina ni brasilera ni portuguesa, ni propiedad exclusiva de ning√ļn pa√≠s, nacionalidad, etnia, o secta, sino de todos aquellos que como Ana, como su grupo de amigos, “los in√ļtiles”, como quienes hace cuarenta a√Īos se fueron a vivir a esa ciudad, Brasilia, que parec√≠a encarnar las esperanzas de un mundo mejor, como quienes desaparecieron en las mazmorras de distintas dictaduras, como quienes crecieron escuchando el Himno de Riego o notas a√ļn m√°s antiguas (tararear La internacional); creo que la melancol√≠a pertenece a todos aquellos que apostaron su vida a una utop√≠a (y pido una disculpa por la desagradable asonancia). Y sin embargo, como dice otra canci√≥n, una que los argentinos cantaban hace 20 a√Īos para celebrar su reci√©n estrenada democracia, y sin embargo, a pesar de todo,”todav√≠a cantamos”.

Todav√≠a cantamos, aunque sea, como descubren Ana y su rostro m√°s oculto, su yo aventado y gozoso, Diana, como descubren ellas dos que son s√≥lo una protagonista, todav√≠a se canta, quiz√°s ya no a voz en cuello en alguna manifestaci√≥n, o con los ojos en blanco compenetr√°ndose junto con “los in√ļtiles” con el “esp√≠ritu universal”, sino en una suerte de medio tono equilibrado, maduro, como seguramente se lo anunci√≥ su madre en su esperanzada juventud. Y ese medio tono encontrado por Ana, esa ¬Ņsabidur√≠a de la madurez? Me resulta, mi querido Joao, terriblemente melanc√≥lica, y sospecho que a tu protagonista tambi√©n. Pero todo esto es m√°s complejo y mucho m√°s interesante: la defensa apasionada del instante que hace Ana, a partir de su teor√≠a del “instantane√≠smo” no es, no puede ser, a pesar de algunos, una negaci√≥n de la historia. Ella sabe que no hay modo de desligarse de la historia, ni de la propia ni de la compartida; ella sabe que no hay modo de desligarse de la memoria, sino que cada instante se vuelve una suerte de “aleph” que contiene a todos los dem√°s. A veces para llegar a ese momento clave es preciso, como lo sab√≠an los pueblos mesoamericanos y tal vez Ana lo aprendi√≥ de ellos, invocar al fuego nuevo, al fuego purificador.

Quiz√°s Joao Almino haya invocado su propio fuego nuevo para llegar a esta voz femenina que narra Las cinco estaciones del amor ‚Äď querido Joao, “Madame Bovary c’est toi”, perd√≥n: “Ana c’est toi” -, para llegar a esta novela que es muchas novelas, esta novela que habla del amor y sus distintas estaciones, de la amistad y sus complicidades, pero que es tambi√©n una novela pol√≠tica ‚Äď tanto en el sentido de “lo personal es pol√≠tico”, como en el modo en que habla sutilmente, sobriamente, de etapas de represi√≥n y silenciamiento, de miedo y desapariciones. Ana y sus amigos son hijos de los anhelos de los a√Īos 60, son aquellos “pibes del ayer”, como dice el pap√° de Mafalda, inmersos en la falta de esperanzas del hoy (s√≥lo hay una esperanza: la de la figurita de la Virgen de la √≠dem que Paco le regala a la protagonista). Quiz√°s el √ļnico personaje que a√ļn le apuesta al futuro es Norberto, hoy Berta, el amigo transexual que vuelve a Brasil, despu√©s de a√Īos en el extranjero, con operaci√≥n y siliconas incluidos, para vivir una nueva vida. Pero la realidad es implacable y suele tener rostros muy diferentes a los de nuestro deseo. Y tal vez sea √©sa la palabra clave de la novela, la que conjunta los diferentes niveles de lectura: el deseo. “Oh, qu√© ser√°, qu√© ser√°…”

La melancol√≠a, el desencanto, el conformismo, la intolerancia, los meninos da rua, los amigos muertos, la violencia que ha invadido las calles de Brasilia (“La Brasilia de mis sue√Īos de futuro est√° muerta ‚Äď dice Ana – . Me reconozco en las fachadas de sus edificios precozmente envejecidos, en su modernidad precaria y decadente.”), todo esto no ha logrado matar el deseo (como dir√≠a Violeta Parra: “Gracias a la vida”): deseo de los cuerpos, deseo de las palabras. Y es finalmente el deseo lo que salva a Ana, el deseo en la b√ļsqueda de ese instante vuelto infinito, el deseo que la haga vibrar, reaccionar, sacudirse. Esa “revoluci√≥n” que ella pide en su vida al inicio de la novela es, aunque tarde en descubrirlo, ni m√°s ni menos que el deseo. Deseo de la piel y deseo de escritura hechos uno. As√≠ lo expresa la propia Ana, en una abierta declaraci√≥n tambi√©n de la po√©tica de Almino en Las cinco estaciones del amor: “Con las palabras que aqu√≠ junto, salvo el esp√≠ritu de mi relato, que era solamente un deseo: este deseo de decir lo que pienso en el instante mismo en que lo pienso. El relato es √ļnicamente la realidad de este instante, nada m√°s. √Čl es definitivo no porque sustituya a todos los otros, como quise un d√≠a, sino porque es precario…” Me gusta sentir como a Ana, como a Joao, que la precariedad del relato, la inestabilidad del instante, son fortaleza en el deseo. Porque no hay nada m√°s ajeno al deseo que la monumentalidad que se pretende sin fisuras, nada m√°s lejano que la contundencia y la imposici√≥n. El deseo es pliegue, temblor, aliento. Perfume de tierra h√ļmeda, tibieza, vuelo. “Oh, qu√© ser√°, qu√© ser√°, que no tiene gobierno, ni nunca tendr√°, que no tiene verg√ľenza, ni nunca tendr√°. Lo que no tiene juicio.”

¬ŅC√≥mo sabr√≠amos qui√©nes somos sin esa b√ļsqueda a la vez festiva y desgarrada? ¬ŅSin el desgarro y el festejo del deseo? ¬ŅC√≥mo reconocer√≠amos nuestro rostro si no fuera porque el rostro del otro nos lo ha descubierto? ¬ŅC√≥mo sabr√≠amos del otro si no fuera porque podemos cantarlo? ¬ŅPor qu√© podemos nombrarlo? La palabra encuentra al otro, inventa al otro, lo devela y lo des-vela, lo recorre, lo dibuja, lo acaricia…

De las pieles a las palabras, de las palabras a las pieles, en un camino creado desde el principio de los tiempos, Ana y los in√ļtiles, Joao, ustedes y nosotros, aprendemos que somos en el deseo. Ese es el descubrimiento de la narradora, el que hacemos tambi√©n los lectores a trav√©s de ella. Eso es “Primero sue√Īo”, esta colecci√≥n nacida del deseo que hoy celebra la llegada a nuestra lengua de Las cinco estaciones del amor. Quiz√°s yo tendr√≠a que cambiar todo lo que he dicho porque, una vez llegada a este punto, no me cabe duda de que la utop√≠a est√° en el c√°lido destello del deseo.

[1] Fragmento del texto le√≠do en la presentaci√≥n de Joao Almino, Las cinco estaciones del amor, M√©xico, Editorial Alfaguara / Universidad del Claustro de Sor Juana (Colecci√≥n ‚ÄúPrimero Sue√Īo‚ÄĚ), 2003, realizada en la Universidad del Claustro de Sor Juana, M√©xico, el 21 de agosto de 2003.


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