DONDE UN OSCURO R√ćO PIERDE EL NOMBRE (traducci√≥n y notas de Pablo Rocca)

DONDE UN OSCURO R√ćO PIERDE EL NOMBRE

Jo√£o Almino

Traducción y notas de Pablo Rocca

[Fragmento]

1. Taguatinga, Sector A Norte, QNA 32

31 de marzo

Clarice había mandado un mensaje por Facebook.
‚Äď¬ŅQu√© quiere contigo? ‚Äďme pregunt√≥ Patr√≠cia, m√°s amarga que nunca, los dos sentados en los sof√°s de la sala.
Caía una lluvia torrencial.
‚ÄďLo le√≠ste. Sabes lo mismo que yo.
Me había olvidado de salir de Facebook. Patrícia aprovechó para hurgar mis mensajes. ¡Inadmisible!
‚ÄďNo, no lo le√≠. S√≥lo vi que ella te escribi√≥.
‚ÄďDudo. Debiste ver que ella no quiere nada conmigo. S√≥lo me pas√≥ un dato.
‚Äď¬ŅQu√© dato?
¬°Carajo! Patr√≠cia quiere controlarme. Podr√≠a haberle dicho la verdad, si es que ya no la sab√≠a. Me hubiera costado poco. El mensaje de Clarice nada ten√≠a de personal. Nada que denotara afecto entre nosotros. Supo por mi amigo Arnaldo de mi inter√©s por comprar un terreno en los alrededores, y me pas√≥ un dato. Tambi√©n me dio su e-mail y el n√ļmero de celular. S√≥lo eso.
‚ÄďNo interesa ‚Äďrespond√≠.
‚ÄďS√≠ interesa. ¬ŅTe parece que me olvid√© de lo que esa zorra representa para ti?
Agresión gratuita. Cómo me arrepiento de haber contado todo. Hablar de mi pasado. ¡Haber entrado en minucias y cuanto más sobre Clarice! Soy un verdadero idiota, ¡un imbécil!
O fui. Era en los comienzos, cuando nos parecía que, como estábamos arrebatados por la pasión, el mundo no tendría sentido si no estuviéramos juntos, teníamos que abrir nuestros corazones y contarnos todo, absolutamente todo. Sinceridad total. Respeto a la verdad, que no podría tener remiendo alguno. Patrícia nunca olvidó ni el menor detalle sobre Clarice.
A√ļn llov√≠a. Los rel√°mpagos iluminaban las ventanas. Los truenos retumbaban sin pausa, como si quisieran dramatizar nuestra discusi√≥n.
‚ÄďNo representa nada de nada. El terreno que est√° a la venta, s√≠. Eso es lo que yo quiero. Yo, ¬Ņentiendes? Donde pas√© mi infancia.
En el mensaje, Clarice habla de la destrucci√≥n de mi casa. Pero el terreno a la venta a√ļn preserva la antigua casa de la estancia de su padre: Riacho Negro. ¬°Qu√© recuerdos me trae Riacho Negro! Si no lo hubiera le√≠do, Patr√≠cia adivin√≥ qu√© dec√≠a el mensaje, ya que pregunt√≥:
‚Äď¬ŅY por qu√© ella no lo compra?
Irritado, respondí, porque quiere que yo lo compre.
‚ÄďAh, es eso, ¬Ņno? La sinverg√ľenza quiere que te vayas a vivir cerca de ella.
¬ŅC√≥mo sab√≠a que Clarice viv√≠a cerca del terreno? El mensaje no dec√≠a nada de eso. La verdad es que, si yo comprara el terreno, ser√≠a casi vecino de Clarice.
‚ÄďNo. Yo quiero vivir cerca de ella. Yo soy el que quiere, ¬Ņentendiste? ‚Äďrespond√≠, ir√≥nico, levantando la voz.
‚Äď¬ŅPuedo saber por qu√©? No. No hace falta que respondas, ya entend√≠ todo ‚Äďdijo, sin considerar mi iron√≠a.
Bien pensando, no hay nada de ironía. Me da un enorme placer ser vecino de Clarice.
‚ÄďPorque s√≠ ‚Äďrespond√≠.
‚ÄďEntonces compra esa mierda de terreno y m√©tete adentro ‚Äďgrit√≥ Patr√≠cia‚Äď. Y fuera ahora mismo, basura. ¬°Yo sab√≠a que no eras confiable!
Mi casamiento con Patrícia sobrevivió a infidelidades, y ese asunto trivial no debía haber provocado tanto escándalo.
‚ÄďEso mismo es lo que voy a hacer ‚Äďme encontr√© diciendo. S√≥lo porque una provocaci√≥n lleva a la otra y esta a otra.
‚ÄאּCaradura! Sal√≠ ya mismo de esta casa ‚Äďgrit√≥ m√°s fuerte.
No era para tanto, pero la arenga continuó durante horas, con gritos insensatos, gota de agua para nuestra separación siempre postergada. Basta decir que, sin que le importara la lluvia, Patrícia tiró mi ropa por la ventana. Un zapato cayó del otro lado de la calle, en la vereda de enfrente, y se llenó de agua.
No desistí. Bajo la lluvia, junté todas las cosas, sin miedo al ridículo ante los vecinos, y volví a casa. Patrícia trató de agredirme físicamente. Sólo me defendí; no quería terminar en la comisaría. Después me encerré en una habitación. Decidí que saldría de casa, pero no expulsado. Patrícia no insistió, sino que dejó de hablar conmigo, lo que correspondí. Si no me expulsaba saldría ganando.

1¬ļ de abril

No es mentira, a pesar de ser primero de abril. Vuelvo al asunto: mi casamiento con Patr√≠cia no es de los peores. Tenemos mucho en com√ļn. Convers√°bamos, lo que no toda pareja puede decir. Nos bes√°bamos, hecho notable despu√©s de d√©cadas de casamiento. Y los celos de Patr√≠cia son prueba de que a√ļn me ama.
Sólo que yo no tengo los mismos celos porque hace mucho dejó de cantar en los bares y hoy no veo rival a mi altura entre sus colegas del Correo. No tenía la menor intención de separarme de ella. Pero la pelea creció como un souflé fuera de mi control. No tenía caso. Me hizo pensar que lo mejor era volver al Nordeste.
Le responderé a Clarice. Voy a pedir detalles sobre el vendedor del terreno. Si consigo negociar un buen precio le preguntaré si acepta que le otorgue un poder para que se encargue de la transacción en la escribanía de Várzea Pacífica.

Abril, Pascua

Clarice me dio el n√ļmero del vendedor. Despu√©s de negociar con √©l los t√©rminos de la compra la llam√© a su celular, me pareci√≥ que era mejor conversar. Acept√≥ que le hiciera un poder. No tocamos el asunto m√°s personal. Pregunt√© por Miguel, su hermano. Est√° bien, fuera de las dificultades de los negocios. Pasa la mayor parte del tiempo viajando.
Pens√© en tanta cosa antes de llamar… En preguntar si acuerda de tal o cual momento, c√≥mo se siente viviendo sola en una estancia, si alguna vez pens√≥ en m√≠…. Mis sentimientos quedaron embotados. Pero fue posible percibir emoci√≥n en su voz. Sobre todo registr√© bien lo que dijo:
‚ÄďQu√© bueno que est√°s volviendo.
Excavando bajo mis pies encuentro muchas im√°genes de ella. Los sue√Īos tienen memoria. La Clarice del futuro ‚Äďcreo que existe, a pesar de todo‚Äď tiene mucho de la Clarice del pasado.
Si no me equivoco, fue en el 58, en plena sequ√≠a, cuando por primera vez sent√≠ por ella algo parecido al amor. No quiero hablar de m√°s, porque no estoy seguro y no me acuerdo con precisi√≥n. Era muy peque√Īo. Pod√≠a ser ese a√Īo o cualquier otro, ya que la rutina era la misma, murci√©lagos volando de madrugada, √°rboles deshojados, el verde s√≥lo en los follajes de los juazeiros, los xiquexiques y los mandacarus, esqueletos de animales por los caminos de tierra polvorienta desde los que sub√≠a el calor, el sol quemando y secando el mundo, dentro de m√≠ todo seco. En pocas palabras, lo de siempre, ahora cruzado por alg√ļn cami√≥n-pipa a la espera de la canalizaci√≥n del r√≠o S√£o Francisco.
O tal vez haya sido en invierno, pues me acuerdo del tajamar con agua, el verde de los √°rboles espinosos y bajos, un verde-claro y brilloso, el campo detr√°s del tajamar tambi√©n verde, y yo me levantaba temprano para ir al corral a orde√Īar las vacas. No s√© bien, disc√ļlpeme quien lea esto. O, por qu√© tengo que disculparme, pues no debo disculparme de mis contradicciones si son las meras contradicciones del sert√≥n, seco o mojado, contradicciones que a√ļn hoy existen. Cuando seco, el paisaje gris, realzado por piedas y cuevas, lo digo sin ninguna exageraci√≥n. Cuando mojado, demasiado mojado, asust√°ndonos y causando desastres.

21 de abril

Feriado, me quedé en casa. Creía que Patrícia iba a hacerme la vida imposible. Me ignoró, por lo menos hasta ahora. Me quedo tranquilo para continuar estas anotaciones sobre mis tiempos de Riacho Negro, de Várzea Pacífica, la época en que Clarice fue tan importante para mí. Un día, quién sabe, le mostraré estas páginas.
Puede ser que no me acuerde con exactitud. Que la realidad de ese pasado esté sólo en mi imaginación. Debo estar mezclando varias sequías y varias crecientes. Entonces, sí, por esa confusión debo disculparme con quien leyera estas anotaciones, hechas así rápidamente sin preocupación por un estilo o por el vocabulario.
Miro mi pasado no con orgullo, sino con resignación. Muchas de las turbulencias que me atormentaban se apaciguaron. Lo que me despertaba pasión ahora está archivado en la memoria como fotos en un álbum de páginas amarillentas por el tiempo. Algunas de esas fotos, cubiertas de hongos. Otras, tan pegadas entre sí que, cuando uno trata de separarlas, se rompen dejando blancos.
Clarice es la excepción. Mi recuerdo de ella es nítido como la fotografía bien guardada en el fondo de uno de mis cajones, en que ella me mira con esa mirada que siento intensa y hasta hoy transmite vibraciones a mi cuerpo.
Recupero pedazos de m√≠ para crear esta historia contradictoria y verdadera, que me atormenta. Por eso tengo que sacarla para afuera. Como contradictorios y verdaderos, adem√°s del sert√≥n, eran mam√°, que me pegaba y me proteg√≠a, y mi padrino, el padre de Clarice, severo y cari√Īoso. Yo aceptaba sus cambios de humor como aceptaba los cambios de humor de la naturaleza. Me parec√≠a que mis alegr√≠as y tristezas eran normales.
En el invierno la lluvia cubría el campo verde, el suelo quedaba marcado con el barro de las botas, las charlas y risas se prolongaban en la galería de la casa-grande de mis padrinos, los bueyes se animaban en el campo, los mosquitos me picaban en nuestra casa de rojo ladrillo sin revocar, yo me enrollaba en la hamaca y envolvía mi rostro con la sábana, dejando sólo la nariz afuera, oyendo las gotas tamborileando en las tejas.
Ya en la seca, el sol impiadoso castigaba la hacienda de Riacho Negro y me cegaba. El polvo azotaba los campos grises, despojados de árboles, el tajamar reducido, la cachimbas sin agua, la gente atontada cocinando su irritación al calor, el corral vacío, el ganado empujado hacia Piauí.
Puede que en esto de nuevo mezcle los tiempos, disc√ļlpenme, la sequ√≠a de un a√Īo con el verano prolongado de otro. Pero no invento nada, a lo sumo es la memoria que me trae aqu√≠ y all√°, cosa de la edad, a los setenta a√Īos la memoria falla. Pero es cierto que los paisajes de la seca tra√≠an siempre los mismos √°rboles calcinados, la misma ruina gris y la misma irritaci√≥n. Creo que son sobre todo ellos, los paisajes de la seca, que marcan a los sertanejos como yo.

1¬ļ de mayo

Ando de feriado en feriado, no sé porqué. Hoy imagino que hará discursos y protestas. Prefiero concentrarme en mis anotaciones. Procuré en lo más hondo de mis memorias más antiguas.
Debe haber otras m√°s atr√°s, pero las que pronto me llegaron fueron las de un d√≠a en que, tirado en un extremo del porche de la casa-grande de mi padrino, padre de Clarice, a los seis a√Īos yo o√≠a la radio a pila Hitachi, novedad que acababa de llegar a Riacho Negro, alegrando la galer√≠a con forr√≥s en los que interfer√≠an los chirridos de la mala trasmisi√≥n. La radio que andaba a bater√≠a cargada por el molino de viento, desconectada. En la otra punta del porche, la abuela de Clarice, Do√Īa Leopolda, gorda, de cara redonda, mofletuda, metida en un vestido floreado hasta el medio de la canilla, armaba un cigarro cortando el naco con un cuchillo afilado mientras fumaba en pipa, soltando el humo. Una hamaca blanca, sin nadie, se balanceba en la galer√≠a movida por el viento del nordeste que llegaba fuerte. Desde la barandilla se ve√≠a un cuarto separado de la casa y, por la puerta, sillas y cabrestos, cueros curtidos, ba√ļles en el piso y jergones colgados en los tornos de las hamacas. Tal vez sea mi memoria de un d√≠a. O tal vez, lo que es m√°s probable, de muchos d√≠as que se repet√≠an igualitos, sin sacar ni poner nada.
Arnaldo, un negro m√°s negro y dos a√Īos mayor que yo, que hoy tambi√©n vive cerca de la peque√Īa hacienda que quiero comprar, y con quien ya me comuniqu√©, me llam√≥ para ir hasta el tajamar a buscar agua. Viv√≠a con su padre, Don Rodolfo, la madre, Do√Īa Vit√≥ria, y un manojo de hermanos en la estancia vecina, la del hermano de mi padrino, al que yo llamaba ti√≠to. √ćbamos con Quinquim, lleno de lombrices, flaco y con el color de la leche cortada que, embrutecido, s√≥lo enrollaba la lengua y ten√≠a dos amigos: yo y el jumento Cinzento. Cinzento conoc√≠a el camino del tajamar, iba adelante. Todos los d√≠as iba por agua. A veces volv√≠a solo, no precisaba de nosotros, y se quedaba esperando hasta que uno llegara para vaciar los cubos.
Yo consideraba a Arnaldo mi superior, y con raz√≥n. √Čl conoc√≠a el nombre de todas las reses ‚Äďvacas y becerros‚Äď, sab√≠a ayudar a Quinquim con los cubos de agua y llenaba las cuatro vasijas de barro que reposaban sobre la tarima de madera de la galer√≠a de la casa-grande ‚Äďhoy, me dice Arnaldo, sustituidas por la cisterna. Debajo de ellos deposit√°bamos ristras de ajo y bolsas de sal. Hacia ese lugar, de ma√Īana temprano tra√≠amos los tarros de leche, que en un rinc√≥n de la cocina se volver√≠an reques√≥n o yogur. All√≠ coloc√°bamos los cachos de bananas para que maduraran, las bananas tipo baba-de-boi, manzana, plata y c√°scara verde, las que a medida que maduraban desprend√≠an su aroma. Mi padrino, padre de Clarice, nos hac√≠a colocar las bananas verdes junto a las m√°s maduras para que estas maduraran pronto. Yo y Arnaldo a veces rob√°bamos bananas plata cuando comenzaban a quedar amarillas y las com√≠amos cuando baj√°bamos con Cinzento al tajamar.
Hay cosas, ya lo dije, que no me acuerdo bien, disc√ļlpenme. No s√© si fue ese d√≠a u otro: la muda que viv√≠a en la estancia del t√≠o de Clarice, al que yo llamaba t√≠ito, se ba√Īaba desnuda en el tajamar. Sorda, no o√≠a el ruido de nuestros pasos, los m√≠os y los de Arnaldo. Si nos ve√≠a, entonces fing√≠a que no nos ve√≠a, y nosotros fing√≠amos no creer en su fingimiento. No era la primera vez. Aunque nos burl√°ramos de ella cuando hac√≠a morisquetas y ruidos incomprensibles con la lengua, era la principial atracci√≥n del paseo. Cont√°bamos a Miguel, el hermano de Clarice, exagerando la belleza de los muslos, las caderas y los pechos, y √©l quedaba lleno de envidia. S√≥lo no consegu√≠amos decir que su rostro era bonito, aunque su cabello rubio, liso y largo adornara su espalda, pues, en esto est√°bamos de acuerdo, la fealdad de su rostro asustaba.

2 de mayo

Un d√≠a le apost√© a Arnaldo para hacer una carrera ‚Äďun d√≠a especial por una raz√≥n simple: tiene que ver con Clarice, de quien, al fin de cuentas, quer√≠a hablar. Arnaldo corr√≠a m√°s r√°pido que yo. Me sent√≠ derrotado. Ca√≠ y me lastim√© las rodillas. Fue el fin del mundo. O mejor, su comienzo.
El sol nos encandilaba con dibujos amarillos. Proyectaba hacia adentro de la casa-grande las columnas de la galería, marcando sobre el piso y las macetas de barro sombras negras y violentas. De ese día perdura en mí hasta hoy un sentimiento de drama y esperanza.
De drama: que la noche que caía me despojaba de su manto protector; que yo siempre tropezaría sobre las piedras de la ladera; que el horizonte nunca dejaría de ser incierto; que, perdido, no encontraría el camino.
De esperanza: que alguien me salvaría del desastre. De lo alto de la ladera, las rodillas raspadas en las piedras, viendo la sangre, yo también veía la casa-grande y, al frente, Clarice, quien vino en mi auxilio.
Una gallina de Guinea gritona volaba en el terreno temerosa de los vaqueros cubiertos de cuero. Entonces llegó un grupo de gitanos, visitantes que cada dos o tres meses pasaban arreando tropas de burros, mulas y caballos cargados de chucherías. Se juntaban en el fondo, al pie del tamarindo.
¬ŅSe vende este caballo? ¬ŅD√≥nde est√° la marca? ‚Äďpreguntaba mi padrino, el padre de Clarice, con voz rabiosamente fina y alerta, desconfiado de los gitanos, sin reparar en la sangre de mis rodillas.
Yo no tenía dinero y quería comprar un regalo para Clarice. Por gestos, uno de los gitanos me dio a entender que podría pagarle después. Escogí un anillo ciertamente de oro y piedra falsos, que regalé a Clarice cuando el sol ya se escondía avergonzado y las gallinas se aquietaban en el gallinero.
De noche ‚Äďpuede haber sido ese d√≠a y, si no fue, lo junt√© con otro, su prolongaci√≥n natural‚Äď hab√≠a una hoguera enorme, hecha de muchas carradas de le√Īa, en frente a la casa-grande. Deb√≠a ser junio, qui√©n sabe si el d√≠a 24, fiesta de San Juan. Las llamas iluminaban rostros risue√Īos, a veces de carcajadas estruendosas, gente dando vueltas alrededor de la hoguera, asando choclos. En la galer√≠a el juego era otro: serio, yo tiraba gotas de vela derretida en un vaso de agua y la cera form√≥ la letra c, c de Clarice. La felicidad.
En esa √©poca se hablaba de robos de muchachas para casarse, y me hab√≠an contado que un robo hab√≠a ocurrido en V√°rzea Pac√≠fica. El muchacho robaba a la joven, y las familias ten√≠an la obligaci√≥n de hacer el casamiento. Me imaginaba, entonces, acerc√°ndome a caballo a una de las ventanas de la casa-grande y llev√°ndome a Clarice en la grupa. ¬ŅElla se animar√≠a?

Hoy habl√© con Arnaldo. Hace muchos a√Īos que no nos vemos, pero siempre que nos hablamos es como si nos hubi√©ramos encontrado ayer. Vamos a comunicarnos por WhatsApp, propuso √©l. Un tipo que conoce est√° vendiendo un auto de segunda mano. Vendo el m√≠o aqu√≠ en Taguatinga para comprar ese otro cuando llegue a V√°rzea Pac√≠fica, si aun estuviera a la venta. Comprar sin ver, eso s√≠ que no.
Llevo a la estancia una t√©cnica de plantaci√≥n directa del algod√≥n introduciendo culturas rotativas. Ya consult√© una lista de empresas de energ√≠a solar fotovoltaica de la regi√≥n de Fortaleza, pues voy, s√≠, a instalar placas de energ√≠a solar, por lo menos para las necesidades de la casa principal, que no ser√° la casa-grande, sino la m√≠a propia, moderna y confortable. Y voy a perfeccionar el sistema precario de irrigaci√≥n, que existe desde hace algunos a√Īos. Como novedad hay dos pozos artesianos en la propiedad, y la casa ya tiene cisterna, me dijo Arnaldo.

7 de mayo

Cuando pienso en el viaje que en breve har√© a Riacho Negro el pasado asume tonalidades gris√°ceas, vago y fuera de foco. Aqu√≠ y all√≠ surgen luces que iluminan, rel√°mpagos en lo oscuro y sin continuidad, la cara encarnada de mi abuela, los coloridos vestidos de algod√≥n de mi madre, el saco de lino blanco y las botas lustrosas de mi padrino, padre de Clarice, los cencerros balanceando en los pescuezos de las vacas lecheras cuando sal√≠an de ma√Īana temprano para pastar y volv√≠an de tarde al corral, el trompo que yo tiraba en la plataforma alta de cemento de la casa-grande, los papagayos prontos para volar cuando el nordeste llegaba caliente soplando sobre las ramas secas, mi carnero blanco en el que montaba antes de llevarlo al corral al concluir la tarde, la jerga, pantal√≥n, pechera y sombrero de cuero de Don Rodolfo, padre de mi amigo Arnaldo y marido de la bella Vit√≥ria.
Vit√≥ria… ¬ŅDebo hablar tambi√©n de ella? Me acuerdo que, en su pobre ventana, exhib√≠a una sonrisa, misteriosa para m√≠, en dientes perfectamente alineados, vestido leve y escotado mostrando el pliegue de los pechos. No, no voy a hablar de ella. Es s√≥lo una imagen pasajera, una sonrisa en la ventana, un deseo de ni√Īo.
Hurgando en las cenizas del pasado veo manos callosas en el mango de las azadas y otras, delicadas, las de Clarice, acariciando las vejigas de mi varicela que quer√≠a pinchar. Veo los campos de algod√≥n, tan blancos, muy blancos, subiendo y bajando los cerros hasta que la vista se perd√≠a, y Arnaldo llam√°ndome para cazar las avoantes que llam√°bamos avoetes; para acompa√Īarlo en alg√ļn trabajo, siempre a lomo de burro. Y despu√©s oigo sus carcajadas c√≥mplices por el camino, voces √°speras d√°ndome √≥rdenes, otras que me alentaban.
De repente surge mi hermana Zuleide, quien vive hoy en Recife, dos a√Īos mayor que yo, ret√°ndome a causa de una broma que yo no entend√≠a y contin√ļo sin entender. Pedazos del pasado que llegan asust√°ndome o invit√°ndome a un reencuentro. Eso veo; eso oigo. El resto lo imagino, ¬Ņdebo describirlo?
Cierro los ojos. Muy en lo hondo aparece el paisaje del tajamar, de un brillo punteado por garzas y patos. ¬ŅA√ļn estar√°n all√≠? A veces bajaba con Arnaldo, azuzando al jumento Cinzento aguas abajo para recoger hierbas, sand√≠as o zapallos. Las sand√≠as se desparramaban como un yuyo da√Īino, una alfombra verde en medio de las plantaciones de ma√≠z. Llen√°bamos los canastos, y Cinzento penaba subiendo la ladera empedrada para que deposit√°ramos la carga en los barriles de los almacenes junto a la casa-grande.

21 de mayo

Pap√° no aparece por esos intersticios de luz que veo en las oscuras cortinas del pasado. Miento. √Čl aparece, y mucho, cuando veo, asombrado, lo que no vi: el cuchillo penetrando en su barriga, la sangre desparram√°ndose como un r√≠o por el suelo, el cad√°ver recostado a la puerta de una casita de V√°rzea Pac√≠fica, el pueblo cerca de la estancia de Riacho Negro, donde viv√≠amos…
Y entonces, tal vez algo que vi con apenas dos a√Īos, no estoy seguro ‚Äďlas im√°genes est√°n fuera de foco‚Äď: una tumba profunda, un mont√≠culo de tierra con flores y una cruz… √Čl es una historia terrible que me angustia siempre. O entonces es una fotograf√≠a junto a mam√°, una fotograf√≠a coloreada, en la cual el rostro negro de mam√° est√° rosado y sus labios traen un l√°piz de labios de un rojo que nunca vi. Una fotograf√≠a encuadrada y colgada en la pared del estar de nuestra casa pobre, de ladrillo rojo.
El asesinato de pap√° cocina algo dentro de m√≠, algo que va a explotar, estoy seguro. ¬ŅVenganza?
Cuándo llegue a Riacho Negro y sobre todo cuándo visite Várzea Pacífica voy a encontrarme con ese hecho del pasado que no para da atormentarme. Enfrentar necesariamente al asesino.
Parto dentro de una semana, todo está pronto. Huyo de la seca que comienza. No ha caído gota de agua en esta meseta.
Clarice me envi√≥ la escritura del terreno que compr√© por poder. Prepar√© mis cosas y despach√© hace exactamente tres d√≠as una peque√Īa mudanza, que Arnaldo va a recibir y acomodar en la casa de la hacienda. Le encargu√©, tambi√©n, que comprara semillas de algod√≥n para plantar cuando yo llegue.

[…]

2. Vuelo Brasília-Fortaleza

1¬ļ de junio

A partir de Fortaleza ir√© en √≥mnibus, v√≠a Mossor√≥ y V√°rzea Pac√≠fica, hasta la peque√Īa hacienda que compr√©, a la cual ya di el nombre de Riacho Negro, nombre que hab√≠a desaparecido de esas tierras, a pesar de designar la corriente que, siempre seca, pasa por all√≠ y la enorme estancia de mi padrino, expropiada hace treinta a√Īos, que en los viejos tiempos inclu√≠a la peque√Īa parcela que compr√©. Podr√≠a haber continuado abogando por causas dif√≠ciles pero, haciendo las cuentas, consigo vivir con la jubilaci√≥n. S√≥lo me qued√© sin ahorros, empleados en el terreno. Riacho Negro. Para la plantaci√≥n recurro a un pr√©stamo.
Voy a vivir all√° solo. Mis tres hijos viven lejos, no voy a hablar de ellos, tres hombres. ¬ŅQu√© historia es esa que de tal palo tal astilla? Uno parlotea creyendo que hace cine. Debo reconocer que fue siempre el m√°s creativo, tambi√©n el m√°s disperso: no lograba concentrarse en nada, yo me preocupaba por √©l, cre√≠a que no ser√≠a nada en la vida. Ese es Paulo. Otro, Pedro, muy exitoso, es ingeniero, el primog√©nito que nos daba ‚Äďa m√≠ y a Patr√≠cia y a mam√°‚Äď mucho trabajo especialmente el primer a√Īo, un llor√≥n, que nos despertaba de noche y estaba siempre exigiendo leche, del pecho o la mamadera. Creci√≥ muy competitivo, en la calle y en la escuela. Los dos viven en S√£o Paulo. Nos parec√≠a, a Patr√≠cia y a m√≠, que √≠bamos a quedarnos ah√≠. Pero ella se descuid√≥ al tomar la p√≠ldora y tal vez haya sido a prop√≥sito por leer en alg√ļn lugar que hac√≠a mal, que pod√≠a provocar c√°ncer. Y entonces naci√≥ Teodoro, que siempre fue rebelde, conflictivo. Hoy es subgerente en un hotel de Fortaleza.
Son diferentes entre sí, pero se juntan para contradecirme. Tenemos opiniones contrarias básicamente porque soy viejo y ellos jóvenes. O tal vez porque tuve que subir a partir del más bajo escalón, y ellos partieron del nivel confortable que batallé para que tuvieran y por lo tanto nunca conocieron las dificultades de todo comienzo. No entienden cuán difícil fue criarlos y hacerlos llegar adonde llegaron. Apenas si quieren verme y nunca me ayudarían. Siempre que se produce un encuentro discordamos sobre lo que sea.
Pero avisé a Teodoro del viaje, y él insistió para que yo me quedara en el hotel donde trabaja. Siempre fue especial, sensible y con los nervios a flor de piel. Creció fuerte y musculoso, creo que para compensar el estigma contra los gays, especialmente en el Nordeste. Nunca hablamos del asunto. Un buen día nos presentó, a mí y a Patrícia, a un amigo con quien pretendía vivir. Sólo porque no fui entusiasta, concluyó que el muchacho no me había caído bien.
Acert√≥. No me gust√≥ por razones dif√≠ciles de explicar, una risa de la que desconfiaba, una forma de pesta√Īear, aparte de no dirigirme la palabra.
‚ÄďDices que defiendes a las minor√≠as contra la discriminaci√≥n, ¬°pero en casa! ‚Äďme espet√≥ Teodoro.
Por más que yo le explicara que nada tenía contra su elección, no pude convencerlo. La idea de que yo era contrario a la unión de los dos se fortalecía con cada argumento que yo decía para satisfacerlo, hasta que se separaron y la relación fue sustituida por otra, y luego por otra.
Teodoro tuvo razón en mudarse a São Paulo, ciudad grande, donde caben todas las posibilidades y el preconcepto se disuelve. Pero ahora, a causa del trabajo, fue a vivir en Fortaleza. Reconozco que su vida no es fácil. Enfrenta un preconcepto que es diabólico. El riesgo de violencia es real, basta leer las estadísticas.

Aparte de la jubilaci√≥n voy a vivir de plantar ma√≠z, poroto y hasta algod√≥n ‚Äďidea absurda, lo s√©, no necesitan dec√≠rmelo. Pero hay una raz√≥n afectiva: me recuerda mi infancia. De eso a√ļn voy a hablar, sin contar todo. En verdad, en lugar de la frase anterior hab√≠a escrito aqu√≠ algunas l√≠neas que decid√≠ borrar. Si encontrara la forma de decirlo podr√≠a recuperarlas en una posible revisi√≥n.
Ahora s√≥lo anotaciones pr√°cticas: el √°rea que se plantar√°, relativamente peque√Īa, no justifica que haga una gran inversi√≥n para el algodonero. No voy a comprar un tractor, por lo menos al principio. No tengo dinero para eso. Tampoco quiero volver a los tiempos de la tracci√≥n animal, mucho menos a los de la azada. Estudi√© el asunto. Vi que la sembradora manual puede hacer el trabajo, uniformar el arreglo de la plantaci√≥n y reducir en mucho su costo.

Mirando los ba√Īados por la ventana del avi√≥n ‚Äď¬Ņser√° Mantiqueira?‚Äď, dejo aparecer otro ser que viv√≠a dentro de m√≠, el otro yo contra quien siempre luch√©. Un ser triste, de una tristeza tierna y contenta, que se distiende en su propia naturaleza. Que tal vez quiera encontrar futuro en el pasado, debo admitirlo. Uno no tiene control sobre lo que se recuerda. Lo que se recuerda puede que uno se reh√ļse a quitarlo, hasta lo despierta de madrugada. Puede estar m√°s cerca o m√°s lejos de lo que ocurri√≥.
A veces es dif√≠cil trazar la frontera entre recuerdo e imaginaci√≥n. A veces la realidad se impone a las dos. A veces la estancia que pertenec√≠a a mi padrino me trae malos recuerdos. La estancia quedaba a tres leguas de V√°rzea Pac√≠fica que, cuando yo era ni√Īo, no era tierra f√©rtil ni pac√≠fica. All√≠ la vegetaci√≥n se secaba en el verano ‚Äďimagino que eso a√ļn sucede‚Äď y, por cualquier cosa, se armaba el mayor zafarrancho. Asesinatos todo el tiempo. ¬°Terribles asesinatos! El m√°s terrible de todos los recuerdos me llega indirectamente, recuerdo de recuerdos. Pap√° asesinado a cuchilladas. A√ļn veo la sangre saliendo de su barriga a borbotones, desparram√°ndose por el suelo.
Recuerdos s√≠, cuando los tengo, son vagos, de gritos, puertas golpe√°ndose, yo corriendo por un descampado sin fin. Yo segu√≠a caminos sinuosos y llenos de pozos oyendo el llanto fuerte de una mujer, creo que mam√°, de abuela. Finalmente llegamos al lugar del suelo ondulado y marcado por cruces donde, al lado de un agujero insondable, se deposit√≥ el caj√≥n que no s√© si vi o imagin√©, en madera lisa y pintada de negro. El mont√≠culo de tierra al costado me parec√≠a una monta√Īa tambi√©n sin fin, monta√Īa que no pod√≠a escalar. L√°grimas caen a√ļn de mis ojos por lo que no vi, me disculpo una vez m√°s con quien tiene paciencia de continuar ley√©ndome.
¬ŅC√≥mo podr√≠a recordar? S√≥lo ten√≠a dos a√Īos. S√© de la violencia del asesinato de pap√° por los relatos que o√≠ a√Īos despu√©s. M√°s de veinte pu√Īaladas, sangre corriendo por la acera. Sangre, mucha sangre, un rojo que mancha todos mis recuerdos.
Siempre pensaba en ese crimen cuando asistía a la muerte del ganado en el corral, viendo los machetazos, la carne despellejada y la sangre escribiendo garabatos en la alfombra de estiércol, negro y fofo.
El asesino, preso, nunca admiti√≥ el crimen. Tipo repulsivo, hijo de puta. No hay duda: tuvo una ri√Īa con pap√° por una tonter√≠a ‚Äďpap√° se neg√≥ a pagarle un chaleco de cuero malhecho‚Äď y era asesino confeso de otras cuatro v√≠ctimas. Sujeto hosco, irritable, que la emprend√≠a a trompadas contra la mujer. La hija enloqueci√≥ de tantos azotes, eso me cont√≥ hace muchos a√Īos Arnaldo, mi amigo de la infancia con quien cambio mensajes por WhatsApp.
Le√≠ una vez que s√≥lo en los vivos los muertos existen, as√≠ como ser√° apenas en los vivos que estas anotaciones pueden sobrevivir despu√©s de mi muerte. Pap√° es un muerto que vive en m√≠. ¬ŅPor qu√© a√ļn quiero vengar su muerte despu√©s de tanto tiempo? La verdad es que quiero. Aparece cada vez m√°s como necesidad, necesidad de un viejo, necesidad cada vez m√°s urgente, como si me faltara lo que necesito hacer para sentirme completo.
S√≥lo de pensar que puedo encontrarme con el asesino, la sangre se me sube a la cabeza. A medida que los d√≠as pasan veo que me queda poco tiempo para cumplir mi misi√≥n. Claro que no fue s√≥lo por causa de Clarice que compr√© el terreno. Vuelvo cerca del desgraciado, el hijo de puta. Sali√≥ de la prisi√≥n hace varios a√Īos. Nunca lo busqu√©, pero hoy s√© que, si lo encontrara, lo mato. Tengo que matarlo. No me importa nada pasar el resto de mi vida en la c√°rcel. ¬ŅQui√©n lo lamentar√≠a? Mis tres hijos s√© que no. Tal vez mi hermana Zuleide… ¬°Hablo tan poco con ella! En verdad, hace dos a√Īos que ni la veo. Para Patr√≠cia, preso o no, tanto le dar√°, debe estar contenta de haberse librado de m√≠. Y, si yo muriera, ser√° mi muerte gloriosa, por el mejor de los objetivos, me entiendan o no. Traigo un rev√≥lver en mi equipaje.

Del original en portugués:

  1. Taguatinga, Setor A Norte, QNA 32

 

31 de março

Clarice havia mandado uma mensagem pelo Facebook.

O que ela quer contigo? Patrícia me perguntou, mais amarga do que nunca, nós dois sentados numa poltrona da sala.

Caía uma chuva torrencial.

Você leu. Sabe tanto quanto eu.

Eu tinha esquecido de sair do Facebook. Patrícia aproveitou pra vasculhar minhas mensagens. Inadmissível!

Não, não li. Só vi que foi ela que lhe escreveu.

Duvido. Deve ter visto que ela não quer nada comigo. Só me deu uma dica.

Dica de quê?

Saco! Patr√≠cia querer me controlar. Podia ter-lhe dito a verdade, se √© que ela n√£o sabia. Pouco me custava. A mensagem de Clarice nada tinha de pessoal. Nada que denotasse afeto entre n√≥s. Absolutamente nada! Quase mensagem comercial. Soube por meu amigo Arnaldo de meu interesse em comprar um terreno nas redondezas e me passou a dica. Tamb√©m me informou seu e-mail e n√ļmero do celular. S√≥ isso.

N√£o interessa, respondi.

Interessa, sim. Acha que esqueci o que essa perua representa pra ti?

Agress√£o gratuita. Como me arrependi de contar tudo. Falar de meu passado. Entrar em min√ļcias logo sobre Clarice! Sou mesmo um idiota, um imbecil!

Ou fui. Era l√° no comecinho, quando ach√°vamos que, como est√°vamos apaixonados e o mundo n√£o faria sentido se n√£o estiv√©ssemos juntos, t√≠nhamos que abrir nossos cora√ß√Ķes e contar tudo, absolutamente tudo. Sinceridade total. Respeito √† verdade, que n√£o podia ter qualquer remendo. Patr√≠cia nunca esqueceu o menor detalhe sobre Clarice.

Ainda chovia. Os rel√Ęmpagos clareavam as janelas. Os trov√Ķes ribombavam sem parar, querendo dramatizar nossa discuss√£o.

N√£o representa bulhufas. O terreno que est√° √† venda, sim. √Č o que eu quero. Eu, entende? Onde passei minha inf√Ęncia.

Na mensagem Clarice diz que minha casa foi destru√≠da. Mas o terreno √† venda ainda preserva a antiga casa-grande da fazenda do pai dela, o Riacho Negro. E como o Riacho Negro me traz recorda√ß√Ķes! Se n√£o leu, Patr√≠cia adivinhou o que dizia a mensagem, pois perguntou:

E por que ela n√£o compra?

Irritado, respondi, porque quer que eu compre.

Ah, é isso, né? A sem-vergonha quer que tu vá morar perto dela.

Como sabia que Clarice morava perto do terreno? Isso a mensagem não dizia. A verdade é que, se eu comprar o terreno, serei quase vizinho de Clarice.

N√£o. Eu √© que quero morar perto dela. Eu √© que quero, entendeu?, respondi, ir√īnico, elevando a voz.

Posso saber por quê? Nem precisa me responder, já entendi tudo, disse, sem considerar minha ironia.

Pensando bem, n√£o h√° mesmo ironia. Me d√° enorme prazer ser vizinho de Clarice.

Porque sim, respondi.

Pois então compre a merda do terreno e se afunde nele, Patrícia berrou. Vá logo, seu bosta. Eu sabia que não podia confiar em você!

Meu casamento com Patrícia sobreviveu a infidelidades, e esse assunto boboca não devia ter provocado tanta zanga.

Pois é o que vou fazer, me flagrei dizendo, só porque uma provocação leva a outra e mais outra.

Descarado! Saia j√° de casa, gritou ainda mais alto.

Não era pra tanto, mas a arenga continuou por horas, em gritos insensatos, gota d’água para nossa separação sempre adiada. Basta dizer que, sem se importar com a chuva, Patrícia jogou minhas roupas pela janela. Um sapato caiu do outro lado da rua, na calçada em frente, e encheu-se de água.

Não desisti. Debaixo de chuva, juntei todas as coisas, sem medo do ridículo perante os vizinhos, e voltei pra casa. Patrícia tentou me agredir fisicamente. Só me defendi, não queria parar na delegacia. Depois me tranquei num quarto. Decidi que sairia de casa, mas não enxotado. Patrícia não insistiu, apenas deixou de falar comigo, no que lhe correspondi. Se não me expulsava, eu estava no lucro.

 

1¬ļ de abril

N√£o √© mentira, apesar do primeiro de abril: vendo √† minha volta, meu casamento com Patr√≠cia n√£o √© dos piores. Temos muito em comum. Convers√°vamos, o que nem todo casal pode dizer. Nos beij√°vamos, feito not√°vel depois de d√©cadas de casamento. E os ci√ļmes de Patr√≠cia s√£o prova de que ainda me ama.

S√≥ n√£o tenho os mesmos ci√ļmes que ela porque h√° muito deixou de cantar nos bares e hoje n√£o vejo rival √† minha altura entre seus colegas dos Correios. N√£o tinha a menor inten√ß√£o de me separar dela. Mas a briga cresceu feito sufl√™ fora de meu controle. N√£o tem mais jeito. Me fez acreditar que √© melhor mesmo voltar pro Nordeste.

Vou responder a Clarice. Pedir detalhes sobre o vendedor do terreno. Se conseguir negociar bom preço, pergunto se ela aceita que lhe passe uma procuração pra que cuide da transação no cartório de Várzea Pacífica.

Abril, P√°scoa

Clarice me deu o n√ļmero do vendedor. Depois de negociar com ele os termos da compra, liguei pro celular dela, achei melhor conversar. Aceitou que lhe fa√ßa a procura√ß√£o. N√£o tocamos no assunto mais pessoal. Perguntei por Miguel, seu irm√£o. Est√° bem, fora as dificuldades nos neg√≥cios. Passa a maior parte do tempo viajando.

Pensei em tanta coisa antes de ligar… Em perguntar se ela se lembra de tal ou qual momento, como se sente vivendo sozinha numa fazenda, se alguma vez pensou em mim… Meus sentimentos ficaram embotados. Mas foi poss√≠vel perceber emo√ß√£o na sua voz. Sobretudo registrei bem o que disse:

Que bom que você está voltando.

Escavando sob meus p√©s, encontro muitas lembran√ßas dela. Os sonhos t√™m mem√≥ria. A Clarice do futuro ‚ÄĒ acho que existe, apesar de tudo ‚ÄĒ tem muito da Clarice do passado.

Se não me engano, foi em 58, plena seca, quando pela primeira vez senti por ela algo parecido com o amor. Não quero falar demais, porque não tenho certeza e não me lembro direito. Era muito pequeno. Podia ser naquele ano ou em qualquer outro que o rame-rame era o mesmo, morcegos voando de madrugada, árvores peladas, o verde só nas folhagens dos juazeiros, nos xiquexiques e mandacarus, carcaças de animais pelos caminhos de terra poeirenta exalando bafo quente, o sol queimando e secando o mundo, dentro de mim tudo seco. Em poucas palavras, o de sempre, agora cruzado por algum caminhão-pipa e à espera da transposição do Rio São Francisco.

Ou talvez tenha sido inverno, pois me lembro do a√ßude com √°gua, o verde das √°rvores espinhentas e baixas, verde-claro e brilhoso, a ro√ßa atr√°s do a√ßude tamb√©m verde, e eu acordava cedo para ir ao curral ordenhar as vacas. N√£o sei direito, me desculpe quem vier a ler isto. Ou, ora bolas, n√£o me desculpo, pois n√£o devo me desculpar de minhas contradi√ß√Ķes se s√£o as meras contradi√ß√Ķes do sert√£o, seco ou molhado, contradi√ß√Ķes que hoje ainda existem. Quando seco, a paisagem cinza, real√ßada por pedras e caveiras, digo sem nenhum exagero. Quando molhado, molhado demais, assustando a gente e causando desastres.

21 de abril

Feriado, fiquei em casa. Achei que Patr√≠cia ia querer me perturbar. Me ignorou, pelo menos at√© agora. Fico tranquilo para continuar estas anota√ß√Ķes sobre meus tempos do Riacho Negro, de V√°rzea Pac√≠fica, aquela √©poca em que Clarice foi t√£o importante pra mim. Um dia, quem sabe, mostro estas p√°ginas a ela.

Pode ser at√© que n√£o me lembre propriamente. Que a realidade daquele passado esteja s√≥ na minha imagina√ß√£o. Devo estar misturando v√°rias secas e v√°rias enchentes. Ent√£o, sim, por essa confus√£o devo me desculpar com quem vier a ler estas anota√ß√Ķes, feitas assim rapidamente sem preocupa√ß√£o com estilo ou vocabul√°rio.

Olho meu passado não com orgulho, mas com resignação. Muitas das turbulências que me atormentavam se apaziguaram. O que me despertava paixão agora está arquivado na memória como fotos num álbum de páginas amareladas pelo tempo. Algumas dessas fotos, cobertas de fungo. Outras, tão coladas entre si que, quando a gente tenta despregá-las, se rasgam deixando brancos.

Clarice √© exce√ß√£o. Minha lembran√ßa dela √© n√≠tida como a fotografia bem guardada no fundo de uma de minhas gavetas em que ela olha pra mim com olhar que sinto ser apaixonado e at√© hoje transmite vibra√ß√Ķes por meu corpo.

Recupero peda√ßos de mim para criar esta hist√≥ria contradit√≥ria e verdadeira, que me atormenta. Por isso tenho que p√īr pra fora. Como contradit√≥rios e verdadeiros, al√©m do sert√£o, eram mam√£e, que me punia e me protegia, e meu padrinho, pai de Clarice, severo e carinhoso. Eu aceitava as mudan√ßas de humor deles como aceitava mudan√ßas de humor da natureza. Achava normais minhas alegrias e tristezas.

No inverno a chuva cobria o campo verde, o chão ficava marcado com o barro das botas, as conversas e risos se prolongavam no alpendre da casa-grande de meus padrinhos, os aboios se animavam no campo, as muriçocas me picavam na nossa casa de tijolo aparente e vermelho, eu me enrolava na rede e envolvia o rosto com o lençol, deixando só o nariz de fora e ouvindo os pingos bater nas telhas.

Já na seca, o sol impiedoso castigava a fazenda do Riacho Negro e me cegava a vista. A poeira açoitava os campos cinzentos, de árvores despojadas, o açude minguado, as cacimbas sem água, as pessoas zonzas cozinhando irritação no calor, e o curral vazio, o gado tangido para o Piauí.

Nisso pode ser que de novo misture tempos, me desculpem, a seca de um ano com o verão prolongado de outro. Mas não invento nada, no máximo é a memória que me trai aqui e ali, coisa da idade, aos setenta anos a memória falha. O que é certo é que as paisagens da secura traziam sempre as mesmas árvores calcinadas, a mesma ruína cinzenta e a mesma irritação. Acho que são sobretudo elas, as paisagens da secura, que marcam os sertanejos feito eu.

1¬ļ de maio

Vou aqui de feriado em feriado, nem sei por qu√™. Hoje imagino que haja discursos e protestos. Prefiro me concentrar nas minhas anota√ß√Ķes. Procurei l√° no fundo minhas mem√≥rias mais antigas.

Deve haver outras l√° atr√°s, mas as que me chegaram logo foram as de um dia em que, deitado numa ponta do parapeito da casa-grande de meu padrinho, pai de Clarice, com 6 anos, eu ouvia o r√°dio a pilha Hitachi, novidade que acabava de chegar no Riacho Negro, alegrando o alpendre com forr√≥s interrompidos pelos chiados da m√° transmiss√£o. O r√°dio movido a bateria carregada por cata-vento, desligado. Noutra ponta do parapeito, a av√≥ de Clarice, Dona Leopolda, gorda, de rosto redondo, bochechudo, metida num vestido florido at√© o meio da canela, fazia cigarro cortando com faca afiada o fumo de corda enquanto fumava cachimbo, soltando baforadas. Uma rede branca, sem ningu√©m, balan√ßava no alpendre movida pelo nordeste que chegava forte. Da varanda se via um quarto separado da casa e, pela porta, selas e cabrestos, couros espichados, ba√ļs no ch√£o e gib√Ķes pendurados nos tornos de rede. Talvez seja minha mem√≥ria de um dia. Ou talvez, o que √© mais prov√°vel, de muitos dias que se repetiam iguaizinhos, sem tirar nem p√īr.

Arnaldo, um preto mais preto e dois anos mais velho do que eu, que hoje tamb√©m mora perto da fazendola que quero comprar e com quem j√° me comuniquei, me chamou para ir ao a√ßude buscar √°gua. Ele morava com o pai, Seu Rodolfo, a m√£e, Dona Vit√≥ria, e um magote de irm√£os, na fazenda vizinha, do irm√£o de meu padrinho, que eu chamava de titio. √ćamos com Quinquim, buchudo de lombrigas, mas magricela com cor de leite azedo, que, abestado, enrolava a l√≠ngua e s√≥ tinha dois amigos: eu e o jumento Cinzento. Cinzento conhecia o caminho do a√ßude, ia na frente. Todos os dias buscava √°gua. √Äs vezes voltava s√≥, nem precisava da gente, e ficava esperando at√© que a gente chegasse para esvaziar as ca√ßambas.

Eu considerava Arnaldo meu superior, e com raz√£o. Ele conhecia o nome de todas as rezes ‚ÄĒ vacas e bezerros ‚ÄĒ, sabia ajudar Quinquim com as ca√ßambas d‚Äô√°gua e enchia os quatro potes de barro que repousavam sobre o estrado de madeira do alpendre da casa-grande ‚ÄĒ hoje, me diz Arnaldo, substitu√≠dos pela cisterna. Embaixo deles deposit√°vamos r√©stias de alho, cebola, panelas de barro e mochilas de sal. Para ali de manh√£ cedo traz√≠amos os potes de leite, que num canto da cozinha seriam mudados em queijo de coalho ou coalhada. Ali coloc√°vamos os cachos de bananas para amadurecer, as bananas baba-de-boi, ma√ß√£, prata e casca verde que √† medida que amadureciam exalavam seu cheiro. Meu padrinho, pai de Clarice, dizia para colocar as bananas verdes junto das mais maduras para amadurecerem depressa. Eu e Arnaldo √†s vezes roub√°vamos bananas-prata quando come√ßavam a ficar amarelas e as com√≠amos quando desc√≠amos com Cinzento para o a√ßude.

Há coisas, já disse, que não me lembro direito, me desculpem. Não sei se foi neste dia ou noutro, a muda que morava na fazenda do tio de Clarice que eu chamava de titio tomava banho nua no açude. Surda, não ouvia o barulho dos nossos passos, meus e de Arnaldo. Se nos via, fingia que não nos via, e nós fingíamos não dar fé de seu fingimento. Não era a primeira vez. Embora mangássemos dela quando fazia caretas e barulhos incompreensíveis com a língua, era a principal atração da caminhada. Contávamos a Miguel, o irmão de Clarice, exagerando na beleza das coxas, da bunda e dos peitos, e ele ficava cheio de inveja. Só não conseguíamos dizer que era bonita de rosto, ainda que o cabelo louro, liso e comprido enfeitasse suas costas, pois, nisso concordávamos, a feiura de seu rosto assustava.

2 de maio

Um dia peguei uma aposta com Arnaldo na corrida ‚ÄĒ dia especial por uma raz√£o simples: tem a ver com Clarice, de quem, afinal de contas, queria falar. Arnaldo corria mais r√°pido que eu. Me senti derrotado. Ca√≠ e ralei meus joelhos. Foi o fim do mundo. Ou melhor, seu come√ßo.

O sol nos encandeava com desenhos amarelos. Projetava pra dentro da casa-grande os pilares do alpendre, marcando o chão e os potes de barro com sombras negras e violentas. Daquele dia perdura em mim até hoje um sentimento de drama e esperança.

De drama: de que a noite que caía me despojava de seu manto protetor; de que eu sempre tropeçaria sobre as pedras da ladeira; de que o horizonte nunca deixaria de ser incerto; de que, perdido, não encontraria o caminho.

De esperança: de que alguém me salvaria do desastre. Do alto da ladeira, joelhos ralados nas pedras, vendo o sangue, eu também via a casa-grande e, na frente, Clarice, que veio em meu socorro.

Uma guiné gasguita voava no terreiro com medo dos vaqueiros encourados. Então chegou um magote de ciganos, visitantes que a cada dois ou três meses passavam tangendo tropas de burros, mulas e cavalos carregados de bugigangas. Juntaram-se embaixo do pé de tamarindo do terreiro.

Vende este cavalo? Cad√™ o ferr√£o?, perguntava meu padrinho, o pai de Clarice, com voz raivosamente fina e min√ļcias de aten√ß√£o, desconfiado dos ciganos, sem dar f√© do sangue nos meus joelhos.

Eu n√£o tinha dinheiro e queria comprar um presente para Clarice. Por gestos, um dos ciganos me deu a entender que eu poderia pagar depois. Escolhi um anel certamente de ouro e pedra falsos, que dei de presente a Clarice quando o sol j√° se escondia envergonhado e as galinhas se aquietavam no poleiro.

De noite ‚ÄĒ pode ter sido nesse dia e, se n√£o foi, juntei com outro, sua prolonga√ß√£o natural ‚ÄĒ havia uma fogueira enorme, feita de muitas carradas de lenha, em frente √† casa-grande. Devia ser junho, quem sabe dia 24, festa de S√£o Jo√£o. As labaredas iluminavam rostos risonhos, √†s vezes de gargalhadas escancaradas, gente dando volta em torno da fogueira, assando milho verde. No alpendre da casa, a brincadeira era outra, s√©ria: joguei gotas da vela derretida num copo d‚Äô√°gua, e a cera formou uma letra c√™, c√™ de Clarice. A felicidade.

Naquela época falava-se em roubos de moça para se casar, e me contaram que um roubo tinha acontecido em Várzea Pacífica. O rapaz roubava a moça, e as famílias tinham a obrigação de fazer o casamento. Imaginava-me, então, chegando a cavalo numa das janelas da casa-grande e levando Clarice na garupa. Será que ela toparia?

 

Hoje falei com Arnaldo. Faz muitos anos que n√£o nos vemos, mas sempre que nos falamos √© como se tiv√©ssemos nos encontrado ontem. Vamos nos comunicar por WhatsApp, ele prop√īs. Um sujeito que ele conhece est√° vendendo um carro de segunda m√£o. Vendo o meu aqui em Taguatinga para comprar esse outro quando chegar a V√°rzea Pac√≠fica, se ainda estiver √† venda. Comprar sem ver √© que n√£o.

Levo para a fazenda uma técnica de plantio direto do algodão com a introdução de culturas rotativas. Já consultei uma lista de empresas de energia solar fotovoltaica da região de Fortaleza, pois vou, sim, instalar placas de energia solar, pelo menos para as necessidades da casa principal, que não será a casa-grande, mas a minha própria, moderna e confortável. E vou aprimorar o sistema precário de irrigação, que existe há alguns anos. De novidade, há dois poços artesianos na propriedade, e a casa já tem cisterna, Arnaldo me disse.

7 de maio

Quando penso na viagem em breve ao Riacho Negro, o passado assume tonalidades acinzentadas, vago e fora de foco. Aqui e ali surgem luzes que iluminam, rasg√Ķes no escuro e sem continuidade, a cara encarquilhada de minha av√≥, os vestidos de chita de mam√£e, o palet√≥ de linho branco e botas lustrosas de meu padrinho, pai de Clarice, os chocalhos balan√ßando nos pesco√ßos das vacas leiteiras quando sa√≠am de manh√£ cedo para pastar e voltavam de tarde para o curral, o pi√£o que eu jogava na cal√ßada alta de cimento da casa-grande, os papagaios a voar quando o nordeste chegava quente soprando galhos secos, o meu carneirinho branco no qual eu montava antes de lev√°-lo ao chiqueiro no final da tarde, o gib√£o, perneiras, peitoral e chap√©u de couro de Seu Rodolfo, pai de meu amigo Arnaldo e marido da bela Vit√≥ria.

Vit√≥ria… Devo falar tamb√©m dela? Me lembro que, na janela pobre, exibia um sorriso misterioso para mim em dentes perfeitamente alinhados, vestido leve e decotado mostrando o vinco entre os peitos. N√£o, n√£o vou falar dela. √Č s√≥ uma imagem de passagem, um sorriso na janela, um desejo de menino.

Olhando nas cinzas do passado, vejo m√£os calejadas no cabo da enxada e outras, delicadas, de Clarice, acariciando as bolhas de minha catapora, que ela queria pegar. Vejo os campos de algod√£o, branquinhos, muito branquinhos, subindo e descendo morros a perder de vista, e Arnaldo chamando-me para ca√ßar avoantes, que cham√°vamos avoetes; para acompanh√°-lo em algum trabalho, sempre em lombo de burro. E depois ou√ßo suas gargalhadas c√ļmplices pelo caminho, vozes √°speras me dando ordens, outras me acalentando.

De repente surge minha irm√£ Zuleide, que hoje mora em Recife, dois anos mais velha do que eu, arengando comigo por causa de uma brincadeira que eu n√£o entendia e continuo n√£o entendendo. Peda√ßos do passado que chegam me assustando ou me convidando a um reencontro. √Č o que vejo; o que ou√ßo. O resto imagino, e devo descrever?

Fecho os olhos. L√° no fundo aparece a paisagem do a√ßude, de brilho pontuado por marrecos e mergulh√Ķes. Ainda est√£o l√°? √Äs vezes descia com Arnaldo, tangendo o jumento Cinzento at√© a vazante para colher capim, melancia ou jerimum. As melancias se espalhavam feito erva daninha, um tapete verde pelo meio das planta√ß√Ķes de milho. Ench√≠amos os ca√ßu√°s, e Cinzento penava subindo a ladeira empedrada para que deposit√°ssemos a carga nos ton√©is dos armaz√©ns ao lado da casa-grande.

21 de maio

Papai n√£o aparece por esses rasg√Ķes de luz que vejo nas cortinas embotadas do passado. Minto. Ele aparece, e muito, quando vejo, assombrado, o que n√£o vi: a faca dilacerando sua barriga, o sangue escoando feito rio pelo ch√£o, o cad√°ver encostado na porta de um beco de V√°rzea Pac√≠fica, a cidadezinha perto da fazenda do Riacho Negro onde mor√°vamos…

E ent√£o talvez quando o que vi com apenas dois anos, n√£o tenho certeza, as imagens est√£o fora de foco: uma cova funda, um mont√≠culo de terra com flores e uma cruz… Ele √© uma hist√≥ria terr√≠vel que me angustia sempre. Ou ent√£o √© uma fotografia junto com mam√£e, fotografia retocada a cores, na qual o rosto preto de mam√£e est√° rosado e seus l√°bios trazem um batom de um vermelho que nunca vi ao vivo. Uma fotografia emoldurada e pendurada na parede da sala de nossa casa pobre, de tijolo vermelho.

O assassinato de papai cozinha alguma coisa dentro de mim, uma coisa que vai explodir, tenho certeza. Vingança? Quando eu chegar ao Riacho Negro e sobretudo quando visitar Várzea Pacífica, ainda vou me deparar com esse fato do passado que não para de me atormentar. Enfrentar necessariamente o assassino.

Parto dentro de uma semana, está tudo certo. Fujo da secura que começa. Não tem caído pingo d’água neste planalto.

Clarice me enviou a escritura do terreno que comprei por procuração. Arrumei minhas coisas e despachei há exatamente treze dias uma pequena mudança, que Arnaldo vai receber e acomodar na casa da fazenda. Encarreguei-o também de comprar sementes de algodão para o plantio, quando eu chegar.

 

 

2.‚ÄāVoo Bras√≠lia-Fortaleza

1¬ļ de junho

O avi√£o subiu faz pouco. Voo Bras√≠lia-Fortaleza. Agora que Patr√≠cia me deixou, deixo Taguatinga. Digo que foi ela que me deixou, embora seja eu que parti, pois a iniciativa foi dela, n√£o h√° d√ļvida.

Teve razão e coragem. Eu não teria nem uma coisa nem outra. Mas fico matutando se o medo às vezes é que tem razão. A despedida foi dura e fria.

Seja feliz, ela disse, como se dissesse que se foda.

Você também, respondi.

A separação foi amigável, e muita coisa ainda tem que ser decidida. Ela ficou com a maior parte dos bens, inclusive a casa, mas não exige dinheiro. Combinamos que vamos formalizar o divórcio, porém não começamos a cuidar dos papéis. Sugeri aguardar um pouco, testar como vamos nos sentir com a separação.

Não tem volta, foi categórica.

Olhando as chapadas pela janela do avi√£o ‚ÄĒ ser√° a Mantiqueira? ‚ÄĒ, deixo aparecer outro ser que vivia dentro de mim, outro de mim contra quem sempre lutei. Ser triste, de tristeza terna e contente, que se relaxa na sua pr√≥pria natureza. Que talvez queira encontrar futuro no passado, tenho de admitir. A gente n√£o tem controle sobre o que se lembra. E o que se lembra pode insistir em nunca ir embora, at√© acorda a gente de madrugada. Pode estar pra c√° ou pra l√° do que aconteceu.

√Äs vezes fica dif√≠cil tra√ßar a fronteira entre lembran√ßa e imagina√ß√£o. √Äs vezes a realidade se imp√Ķe √†s duas. √Äs vezes a fazenda que pertencia a meu padrinho me traz m√°s lembran√ßas. A fazenda ficava a tr√™s l√©guas de V√°rzea Pac√≠fica, que, quando eu era crian√ßa, nem v√°rzea nem pac√≠fica era. Ali a vegeta√ß√£o secava no ver√£o ‚ÄĒ isso imagino que ainda acontece ‚ÄĒ e, por qualquer coisa, armava-se o maior cu de boi. Assassinatos a todo tempo. Terr√≠veis assassinatos! A mais terr√≠vel de todas as lembran√ßas me chega por tabela, lembran√ßa de lembran√ßas. Papai assassinado a peixeiradas. Ainda vejo o sangue saindo de sua barriga, esguichado, desparramando-se pelo ch√£o.

Lembranças mesmo, quando tenho, são vagas, de gritos, portas batendo, eu correndo por um descampado sem fim. Eu seguia caminhos sinuosos e esburacados ouvindo choros fortes de mulher, acho que de mamãe, de vovó. Finalmente chegamos ao lugar de chão ondulado e marcado por cruzes, onde, ao lado de um buraco sem fim, foi depositado o caixão que não sei se vi ou imaginei, em madeira lisa e pintada de preto. O montículo de terra ali ao lado me parecia uma montanha também infindável, montanha que eu não conseguia escalar. Lágrimas ainda caem de meus olhos pelo que não vi, me desculpo uma vez mais com quem tem paciência de continuar me lendo.

Como posso me lembrar direito? Tinha só dois anos. Sei da violência do assassinato de papai pelos relatos que ouvi anos depois. Mais de vinte peixeiradas, sangue escorrendo pela calçada. Sangue, muito sangue, um vermelho que mancha todas as minhas lembranças.

Sempre pensava naquele crime quando assistia à morte das novilhas no curral, vendo as machadadas, a carne esfolada e o sangue escrevendo garranchos no tapete de estrume, preto e fofo.

O assassino, preso, nunca admitiu o crime. Sujeitinho nojento, filho da puta. N√£o h√° d√ļvida: teve uma rixa com papai por uma migalhice ‚ÄĒ papai se recusou a pagar por um gib√£o de couro malfeito ‚ÄĒ e era assassino confesso de outras quatro v√≠timas. Cabra ranzinza, irritadi√ßo, que batia na mulher aos murros. A filha, de tanto levar chibatada, enlouqueceu, foi o que me contou h√° muitos anos Arnaldo, aquele meu amigo de inf√Ęncia com quem troco mensagens por WhatsApp.

Li uma vez que √© somente nos vivos que os mortos existem, assim como ser√° apenas nos vivos que estas anota√ß√Ķes podem sobreviver depois de minha morte. Papai √© um morto que vive em mim. Por que ainda quero vingar sua morte depois de tanto tempo? A verdade √© que quero. Aparece cada vez mais como necessidade, necessidade de um velho, necessidade cada vez mais urgente, como se me faltasse o que preciso fazer para me sentir completo.

S√≥ de pensar que posso me encontrar com o assassino, o sangue sobe √† cabe√ßa. √Ä medida que os dias passam, vejo que me sobra pouco tempo para cumprir minha miss√£o. Claro que n√£o foi s√≥ por causa de Clarice que comprei o terreno. Volto pra perto do desgra√ßado, o filho da puta. Saiu da pris√£o h√° v√°rios anos. Nunca o procurei, mas hoje sei que, se o encontrar, eu o mato. Tenho de mat√°-lo. N√£o me importa nada passar o resto da vida na cadeia. Quem lamentaria? Meus tr√™s filhos, sei que n√£o. Talvez minha irm√£ Zuleide… Falo t√£o pouco com ela! Na verdade, faz dois anos que n√£o a vejo. Para Patr√≠cia, preso ou n√£o, tanto faz, deve estar contente de se livrar de mim. E, se eu morrer, ser√° minha morte gloriosa, pelo melhor dos objetivos, me entendam ou n√£o. Trago na bagagem um rev√≥lver.

 

 

7 de maio

 

Quando penso na viagem em breve ao Riacho Negro, o passado assume tonalidades acinzentadas, vago e fora de foco. Aqui e ali surgem luzes que iluminam, rasg√Ķes no escuro e sem continuidade, a cara encarquilhada de minha av√≥, os vestidos de chita de mam√£e, o palet√≥ de linho branco e botas lustrosas de meu padrinho, pai de Clarice, os chocalhos balan√ßando nos pesco√ßos das vacas leiteiras quando sa√≠am de manh√£ cedo para pastar e voltavam de tarde para o curral, o pi√£o que eu jogava na cal√ßada alta de cimento da casa-grande, os papagaios a voar quando o nordeste chegava quente soprando galhos secos, o meu carneirinho branco no qual eu montava antes de lev√°-lo ao chiqueiro no final da tarde, o gib√£o, perneiras, peitoral e chap√©u de couro de Seu Rodolfo, pai de meu amigo Arnaldo e marido da bela Vit√≥ria.

Vit√≥ria… Devo falar tamb√©m dela? Me lembro que, na janela pobre, exibia um sorriso misterioso para mim em dentes perfeitamente alinhados, vestido leve e decotado mostrando o vinco entre os peitos. N√£o, n√£o vou falar dela. √Č s√≥ uma imagem de passagem, um sorriso na janela, um desejo de menino.

Olhando nas cinzas do passado, vejo m√£os calejadas no cabo da enxada e outras, delicadas, de Clarice, acariciando as bolhas de minha catapora, que ela queria pegar. Vejo os campos de algod√£o, branquinhos, muito branquinhos, subindo e descendo morros a perder de vista, e Arnaldo chamando-me para ca√ßar avoantes, que cham√°vamos avoetes; para acompanh√°-lo em algum trabalho, sempre em lombo de burro. E depois ou√ßo suas gargalhadas c√ļmplices pelo caminho, vozes √°speras me dando ordens, outras me acalentando.

De repente surge minha irm√£ Zuleide, que hoje mora em Recife, dois anos mais velha do que eu, arengando comigo por causa de uma brincadeira que eu n√£o entendia e continuo n√£o entendendo. Peda√ßos do passado que chegam me assustando ou me convidando a um reencontro. √Č o que vejo; o que ou√ßo. O resto imagino, e devo descrever?

Fecho os olhos. L√° no fundo aparece a paisagem do a√ßude, de brilho pontuado por marrecos e mergulh√Ķes. Ainda est√£o l√°? √Äs vezes descia com Arnaldo, tangendo o jumento Cinzento at√© a vazante para colher capim, melancia ou jerimum. As melancias se espalhavam feito erva daninha, um tapete verde pelo meio das planta√ß√Ķes de milho. Ench√≠amos os ca√ßu√°s, e Cinzento penava subindo a ladeira empedrada para que deposit√°ssemos a carga nos ton√©is dos armaz√©ns ao lado da casa-grande.

 

21 de maio

Papai n√£o aparece por esses rasg√Ķes de luz que vejo nas cortinas embotadas do passado. Minto. Ele aparece, e muito, quando vejo, assombrado, o que n√£o vi: a faca dilacerando sua barriga, o sangue escoando feito rio pelo ch√£o, o cad√°ver encostado na porta de um beco de V√°rzea Pac√≠fica, a cidadezinha perto da fazenda do Riacho Negro onde mor√°vamos…

E ent√£o talvez quando o que vi com apenas dois anos, n√£o tenho certeza, as imagens est√£o fora de foco: uma cova funda, um mont√≠culo de terra com flores e uma cruz… Ele √© uma hist√≥ria terr√≠vel que me angustia sempre. Ou ent√£o √© uma fotografia junto com mam√£e, fotografia retocada a cores, na qual o rosto preto de mam√£e est√° rosado e seus l√°bios trazem um batom de um vermelho que nunca vi ao vivo. Uma fotografia emoldurada e pendurada na parede da sala de nossa casa pobre, de tijolo vermelho.

O assassinato de papai cozinha alguma coisa dentro de mim, uma coisa que vai explodir, tenho certeza. Vingança? Quando eu chegar ao Riacho Negro e sobretudo quando visitar Várzea Pacífica, ainda vou me deparar com esse fato do passado que não para de me atormentar. Enfrentar necessariamente o assassino.


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