Ideas Para Donde Pasar el Fin del Mundo

DE NOCHE, EN LA FRONTERA, UN CIRCULO ALREDEDOR DEL LAGO…

Vuelta 117 / Agosto de 1986

JOÃO ALMINO

Traducción de Francisco Cervantes

En lo oscuro de la noche que murmuraba, la humanidad -así, en abstracto- reclamaba el amor de Iris y la emoción era como un aceite, un brillo, una miel que la humedecía por dentro, unción divina. Abría los ojos sin miedo, su vida estaba en la claridad de las tinieblas. Salía a descubrir el infierno.

La historia marchaba de noche. Iris no sab√≠a si llegar√≠a a alg√ļn lugar que fuera m√°s que puro paisaje. Se orientaba s√≥lo por los olores del mundo, en las veredas oscuras del gran sert√≥n.

Segu√≠a sola, mirando las desgracias, oyendo mentiras, adivinando el sufrimiento de las expresiones silenciosas, segura ya de no encontrar nada. Lo √ļnico que lamentaba era no estar en el desierto. No s√≥lo se sentir√≠a el nuevo Cristo, sino que adem√°s realizar√≠a su sue√Īo de sermonear impunemente en el desierto. Sigui√≥ el curso de un r√≠o, que un pescador le hab√≠a dicho se llamaba San Bartolom√©, y a pesar de todo el paisaje no era retorcido ni tan seco.

Secas, s√≥lo las flores, que no ol√≠an y parec√≠a pertenecer ya a una naturaleza producida por los hombres. Sin prestar atenci√≥n a sus gestos, tom√≥ entre sus manos una flor afelpada marr√≥n y le sopl√≥ en el aire. Le qued√≥ un ramito delgado que junt√≥ con otra flor, √©sta como de fieltro rojo. Anduvo kil√≥metros con el ramito y la flor de fieltro en la mano. En ocasiones, advert√≠a que los remolinos, con Sacis1 dentro, la acompa√Īaban, barriendo las colinas cercanas. Pero se hab√≠a trazado su camino y no desviaba la vista de √©l.

Tras un largo camino solitario, Iris lleg√≥ a la encrucijada de las Veredas Muertas, donde se encontr√≥ con la √ļnica alma todav√≠a viva de este Sert√≥n, un tal Riobaldo, personaje de gran novela, que le prometi√≥ presentarle al diablo en persona. ¬ŅSer√≠a puro delirio, o era verdad que podr√≠a hacer un pacto con el diablo para pasar a ser su otro lado y vivir en el reverso del mundo? Y ella que quer√≠a m√°s bien una cita con Dios, una salvaci√≥n cristiana. Riobaldo le ense√Ī√≥, sobre una suave colina, una capilla abandonada. Pod√≠a pasar all√≠ la noche. Al principio, Iris tuvo miedo. Pens√≥ que regresaba a los viejos tiempos del Norte de Goi√°s. Pero luego se dio cuenta de que no. Todo esto estaba integrado a sus miedos de ahora, de la bomba nuclear, la bomba de neutrons; a su esperanza de encontrarse con los seres del plato volador. Nadie deb√≠a haber andado jam√°s all√≠. En su angustia c√≥smica, ella esperaba una de dos: llegar a la Caverna del Alem√°n del sue√Īo o que no le diera tiempo de llegar y volverse harina radioactiva.

No era todav√≠a la √©poca de cuaresma, pero nada le llamaba la atenci√≥n en aquel paisaje -ahora s√≠, ralo, con arbustos retorcidos y secos- m√°s que aquel √°rbol color de la pasi√≥n que destacaba entre el cenizo de la tierra y el azul del cielo. El azul era el color m√°s pegajoso de todos. Y el violeta era seco. Iris estaba tranquila, ya que Osae, el Orix√° de las hojas, la acompa√Īaba en su ascenso al mont√≠culo de la capilla.

Pensaba que, si llegaba a la Caverna del Alem√°n y se salvaba de la cat√°strofe, intentar√≠a reconstruir palmo a palmo, como jard√≠n en medio de cenizas, el “cerrado”.2 La Caverna ser√≠a su Arca de No√© y all√≠ llevar√≠a flor tras flor afelpada. Si la Caverna era el bien, la salvaci√≥n, todos los medios, hasta el mismo mal, ser√≠an l√≠citos.

Iris encontró una casa vacía que, de capilla, tenía sólo una cruz de madera sobre el techo. Carecía de ventanas y la puerta rechinaba con el viento. Iris se miró en el espejo sucio. Vio sólo a una mujer ya vieja, de piel oscura, cabellos blancos y ondulados.

Iris cant√≥ con los mugidos del fin de la tarde, en aquella capilla que ten√≠a algo de su antigua casa del Norte de Goi√°s. Cant√≥ como aquella noche, antes de salir de casa por primera vez, cuando se hab√≠a quedado d√≠as sin hablar y, mientras tanto, no callaba, cantaba siempre. En aquel tiempo ya lejano, despu√©s de haber cantado toda la noche, hab√≠a o√≠do muy temprano al Cardenal en la rama que entraba por su ventana con unos cuantos rayos de sol. Eran los √ļnicos a los que Iris les permit√≠a entrar. Salir, ni hablar… s√≥lo dejaba salir de su cuarto a los pensamientos que iban y ven√≠an, que dorm√≠an arriba de la Sierra de la Buena Muerte, que muy de ma√Īana volv√≠an con la vaca Pachor√©u al corral y que siempre miraban desde arriba, desde el morro alto donde quedaba la casa de Goi√°s. El Cardenal le dec√≠a que quienes tienen el valor de viajar hacia todos los infinitos son como quienes tienen valor para no salir nunca de casa.

Como la otra vez, Iris cantó diferente.

En aquella ocasi√≥n ya lejana, cuando todav√≠a viv√≠a en el Norte goiano, su voz no hab√≠a cambiado, su boca no era triste ni alegre (ya que no permit√≠a que fueran revelados sus secretos), hasta sus ojos continuaban fijos, hondos, sin brillo. Tampoco hab√≠a ganado nuevos gestos, si es que ten√≠a gestos. De no ser el viejo Honorato el hombre que era, los hombres y las mujeres de aquella banda de la Lapa del Ni√Īo Dios donde quedaba el Riacho Deslavado tal vez no hubieran advertido la diferencia. La advirtieron, y aquella noche se hab√≠a preparado para la gracia o desgracia de Dios.

Honorato no hab√≠a contado aquella noche sus historias de cazar buey. A do√Īa Francisquita del Tiao el pueblo la convoc√≥ para una novena de Sao Januario en la Bella Vista. Y los hijos de Augusto Mat√≠as desistieron de la kermesse.

Iris hab√≠a sido ofendida por el Negro Nonato, que andaba contando siempre paja por su lado. O le hab√≠an hecho mal de ojo cuando bajaba al r√≠o con el hatillo de ropa. O habr√≠a so√Īado con un tesoro enterrado. O encontrado certeza en la vida. O estar√≠a anticipando calamidades, muerte matada. O hasta, qui√©n sabe, estar√≠a trayendo tempestades con su canto, tempestades que, dec√≠an, llegaban por los lados del norte, desde Piau√≠. El hecho es que, fuera lo que fuera, algo habr√≠a sucedido o ir√≠a a suceder.

La √ļltima vez que Iris hab√≠a cambiado de canto -y el viejo Honorato lo recordaba- su compadre Z√© Peque√Īo hab√≠a muerto horriblemente, calcinado por una centella enviada del cielo. Y el padre de Iris de nuevo hab√≠a tenido la maleta.

Otra vez, cuando ten√≠a catorce a√Īos y hab√≠a cantado extra√Īamente una noche de viento tibio, su padre hab√≠a sido el √ļnico en advertir que en realidad ella hab√≠a enloquecido.

No había nada en su locura de lo que Iris se hubiera olvidado. Se volvió santa y profeta. Una enviada de Dios. Y pronunciaba sermones, metida en uno de sus vestidos blancos, que usaba sin cinturón, y bajaba con una piyama hasta media pierna. Su mirada fija infundía miedo en las personas. Su voz se volvió áspera y potente. Caminaba mucho durante el día, vagando, por los corredores de la casa. En la tarde iba hasta la terraza y, cuando el día comenzaba a ocultarse, meditaba acechando al sol. Ahí se quedaba fija. Sólo el viento llevaba por los aires sus cabellos negros y despeinados.

Las noches de San Juan y San Pedro fueron las peores que pas√≥. Las llamaradas de fuego pasaron la noche parpadeando nerviosamente del lado de afuera. No la dejaron salir de su cuarto, a pesar de sus gritos y golpes a la puerta. Su angustia creci√≥, sus profec√≠as se volvieron crueles, sus palabras crudas. Despu√©s de San Pedro se acuerda que previ√≥ que el mundo se iba a acabar al iniciarse la pr√≥xima d√©cada. Pas√≥ a vomitar nombres que erizaban los cabellos. Le llamaba a su madre “puta vieja” y a su padre “cuerno amarillo”. Amarillo de ni√Īo con gusanos.

Todos se convencieron de que tenía pacto con el diablo y su padre acabó aceptando traer a Felismina, una negra vieja de cabellos blancos, voz de beata, vestido blanco con una cinta azul, para rezar ante ella. Le sacó la lengua todo el tiempo, abriendo los ojos ante lo abierto de los ojos de la negra Felismina, que le dijo a su padre que no encontraba manera.

Dos meses despu√©s √©l decidi√≥ llevarla con el m√©dico que hab√≠a venido a Almas. Deb√≠a de tener de cincuenta a sesenta a√Īos, era calvo y ten√≠a unos cuantos pelos blancos. Le dio

unos remedios que hicieron infernal su vida durante tres meses, cuando vino un nuevo examen. Fue cuando le dijo a su padre que para el caso de ella, a través de la medicina, tampoco había remedio.

Su madre lloró mucho los primeros días. Después, todo volvió a ser como antes, sólo que Iris dejó de hacer profecías. Se calló. Perdió las ganas de hablar y de salir de su cuarto. Hablaba sólo con su madre, para pedirle dulce de papaya o queso de cuajada. Se quedó también con la manía de hacerle gestos a las personas que aparecían a la puerta de su cuarto. Su madre se quedaba siempre avergonzada cuando alguien venía a visitarla.

Para el primer gran susto que le dio a su familia, Iris se visti√≥ con su camis√≥n blanco y entr√≥ descalza, en lo oscuro de la madrugada, en el cuarto de su hermano Teodoro. Ten√≠a doce a√Īos y era un ni√Īo tranquilo, de cabellos crespos y cara amplia; sensible y t√≠mido. Dorm√≠a con calzones anchos y se cubr√≠a por completo con las s√°banas hasta la cabeza. Se acostaba temprano en su hamaca en el cuarto de enfrente y esperaba la primera luz, que llegaba a las cinco, para despertarse. Era una noche sin luna, acaso sin estrellas, tal era su negrura. Y ah√≠ aprendi√≥ Iris a producir el zumbido que hac√≠a ahora cuando quer√≠a asustar a la gente en la madrugada. Extrajo el ruido de lo m√°s profundo de su garganta, una especie de susurro, de vociferaci√≥n de le√≥n, pero que m√°s parec√≠a la voz del diablo, y se coloc√≥ cerca del o√≠do de Teodoro, comenzando bajito y despu√©s un poco m√°s alto para estar segura de que se hab√≠a despertado. Sinti√≥ cuando √©l estuvo temblando bajo las s√°banas. Le dijo que no se levantara. Y de hecho √©l no se levant√≥. Permaneci√≥ inm√≥vil. Fingi√≥ tener el sue√Īo m√°s profundo. Ella apret√≥ entonces su garganta con fuerza y r√°pidamente, para que √©l no tuviera tiempo de gritar, a no ser cuando ya estuviera lejos.

Su siguiente v√≠ctima fue Esmeralda, la vieja hermana de su padre, que viv√≠a tambi√©n con su familia. Estaban todos durmiendo e Iris pens√≥ que ya era hora de darse su vuelta esa noche. Rob√≥ una gallina del propio gallinero de la casa, la mat√≥ torci√©ndole el pescuezo y la abandon√≥ frente a la ventana de Esmeralda, quien propag√≥ por todos los alrededores que era cosa de Belceb√ļ y que la casa estaba llena de demonios.

Pepito del Gallo Tuerto, llamado as√≠ porque hab√≠a tenido un gallo baldado campe√≥n de peleas, ayud√≥ a esparcir la noticia de que aquello hab√≠a sido obra del diablo. Seg√ļn √©l, Satan√°s andar√≠a suelto por todas las haciendas cercanas a la Sierra de la Buena Muerte todav√≠a por un a√Īo y quien quisiera evitar esos males deber√≠a rezar todos los d√≠as el credo, diez ave mar√≠as, un padre nuestro y una oraci√≥n a San Jorge que comenzaba as√≠: “Oh, San Jorge, empu√Īa tu lanza, mata a Satan√°s, que t√ļ eres fuerte y yo soy d√©bil y desprotegido”.

Todos comenzaron a citar como prueba de la obra de Satan√°s la desgracia que reca√≠a sobre la familia, con su locura. Pero lo m√°s impresionante eran justamente esas apariciones del demonio. Nadie ven√≠a a la hacienda por miedo a llev√°rselo consigo. Pasado alg√ļn tiempo, a pesar del esfuerzo de su padre para convencer por lo menos a los amigos m√°s cercanos de que todo lo que se dec√≠a era mentira, nadie m√°s pisaba la hacienda, a no ser ellos mismos, los de la casa.

 

DE NOCHE, EN LA FRONTERA

Iris qued√≥ contenta con el resultado de sus iniciativas e hizo todo para que se mantuviera la fama del lugar. Una vez sali√≥ de madrugada, en la noche oscura, y encendi√≥ cuatro velas frente a la casa. Desde lo alto de donde viv√≠a Seu Juvino, las velas fueron vistas antes de clarear y corri√≥ la noticia de que hab√≠a esp√≠ritos rondando la casa, con ganas de entrar. Nunca pens√≥ que iba a oir, alg√ļn tiempo despu√©s, sobre la Hacienda del Riacho Deslavado, historias mucho m√°s fant√°sticas que el fant√°stico terror que ella estaba deseando propagar. El poeta Zeca de Pie Torcido -uno que hac√≠a profec√≠as sobre las lluvias y que recorr√≠a los sertones hacia el norte, con destino a Piau√≠- hab√≠a hecho una copla que ella oy√≥ tiempo despu√©s:

 

La lucha de los espíritus y Satanás enojado

no ha dejado ni cabrito ni cabeza de ganado,

en esta hacienda maldita del Riacho Deslavado.

 

A√ļn corr√≠a la noticia de la maldici√≥n de la Hacienda del Riacho Deslavado, cuando sucedi√≥ el desastre mayor e inesperado. Todos fueron tomados por sorpresa. Afortunadamente, ella se volv√≠a cada vez m√°s son√°mbula, distante de las cosas, viviendo un sue√Īo pesado y vago. As√≠, poco entend√≠a de lo que pasaba a su alrededor.

Ya estaba loca desde hac√≠a dos a√Īos. Comenz√≥ a tener un miedo exagerado del mundo, de los animales y de las personas. Gritaba de horror cuando, al caer la tarde, ve√≠a a la boyada llegar al corral. Durante la noche, muchas veces no dorm√≠a. Acababa corriendo de un lado a otro de su cuarto, espantada por los vuelos rasos de los murci√©lagos. Advirti√≥ que la casa se encontraba llena de cucarachas y comenz√≥ a pasar d√≠as enteros con las piernas levantadas y encogidas. Despu√©s desarroll√≥ la man√≠a de buscar insectos. Corr√≠a por todos lados y cuando encontraba uno lo mataba a palmetazos. Por √ļltimo, fueron los ratones. Ten√≠a la impresi√≥n de que una avalancha de ellos invad√≠a la casa. Que le imped√≠an hasta caminar con tranquilidad. Y decidi√≥ perseguirlos. Siempre consegu√≠a verlos, sentir que estaban presentes, escuchar sus ruiditos d√≠a y noche. Pero s√≥lo una vez se encontr√≥ muy cerca de uno. Peque√Īito, raqu√≠tico. Y lo mat√≥ con su zapato y el peso de su cuerpo. Ten√≠a ya la apariencia exagerada de loca que hoy tiene, quitando algunas arrugas que le aparecieron con el tiempo: los cabellos siempre despeinados y largos, los ojos inquietos y la frente fruncida.

Despu√©s se dijo que ella hab√≠a presentido la noche anterior lo que iba a suceder. M√°s de una vez hab√≠a cantado diferente. La Sierra de la Buena Muerte explot√≥. La Sierra era azul con piedras blancas, la que dominaba el paisaje de la Hacienda del Riacho Deslavado. Nunca hab√≠a sucedido aquello. Tembl√≥ todo, se cayeron casas y en muchos lugares la tierra se abri√≥ en bocas que se comieron los plant√≠os. Hasta el R√≠o Sue√Īito cambi√≥ su curso. Jam√°s se supo bien qu√© provoc√≥ aquello. Unos dec√≠an que hab√≠an sido los extranjeros, otros que un temblor de tierra y otros que la obra del diablo que viv√≠a en la Hacienda.

La Hacienda ya no dej√≥ nunca de considerarse endemoniada. Ella misma, Iris, adquiri√≥ facciones de demonio. Nunca se lo dijeron. Pero advert√≠a c√≥mo la miraban todos, c√≥mo jam√°s se le acercaban- y c√≥mo la tem√≠an. Y adem√°s de eso, hab√≠a enflacado mucho, sus carnes estaban ca√≠das, acompa√Īaban fl√°cidas las amplitud de su rostro y agregaban algo de muerto a sus ojos quietos. Sus cabellos negros, que no permit√≠a que nadie le cortara, llegaban hasta abajo de la cintura, despeinados, confusos, ganando en largo y alto, en amplia circunferencia alrededor de su rostro. Sus u√Īas tambi√©n estaban crecidas, y con ellas ara√Īaba de vez en cuando sus brazos hasta sacarse sangre. Sin que nunca le diera el sol, su color era de un blanco p√°lido que contrastaba con el hondo oscuro de sus ojos, con sus espesas cejas y con el negro de sus cabellos.

Su padre sufría mucho con el alejamiento de todos, con la soledad en que lo dejaban en el Deslavado. Y por ello pensaba en salir.

Los d√≠as de Iris tambi√©n quedaban vac√≠os y largos. Pon√≠a una silla en la terraza de la casa y miraba con fijeza hacia lo Alto del Possidonio. As√≠ pasaban las horas. Casi no ten√≠a ganas de nada. El √ļnico deseo grande era el de bajar corriendo la ladera frente a la casa y alcanzar el mundo en direcci√≥n al Possidonio y pasar de all√≠ y subir a la Buena Muerte y llegar a la piedra blanca que parec√≠a rodar por encima de lo azul de la sierra y del azul del cielo y despu√©s volar y volar, perderse en el firmamento, entrar en el azul del d√≠a, atravesar el amarillo de la claridad, quemarse en el fuego del sol, volar, volar, desaparecer hasta posarse, de noche, en los astros, recostar la cabeza en la luna y dormir para siempre.

Pero cada vez que intentaba hacer eso, la sujetaban y la tra√≠an de vuelta a casa. Y pasaba la tarde en su poltrona, mirando lo Alto del Possidonio y oyendo los ruidos. Todav√≠a temprano en la ma√Īana, al despertar, los ruidos ya eran aterradores: chirridos, zapatos que se arrastraban, bueyes y vacas que gem√≠an, p√°jaros que cantaban. Tambi√©n los gallos. Las gallinas cacareaban un poco m√°s tarde. Su padre comenzaba a hablar y dar de gritos a los criados desde las seis. Su madre platicaba con las cocineras desde las cinco. Los ruidos de la cacerola ya eran audibles a las ocho. El radio de bater√≠as se encend√≠a despu√©s de las siete, con un programa de cantantes que improvisaban desaf√≠os. Y as√≠ continuaba el d√≠a, el agua cayendo en las tinajas, el ritmo perezoso de las chinelas de Chico Nonato, los azotes de Don Nic√≥ a los animales, los cascos de los caballos golpeando con fuerza en la piedra dura del tablero frente a la casa, el hacha de Z√© Peque√Īo cortando la le√Īa en el terregal, los sucios paseos de los puercos por los alrededores, el canto alto e hist√©rico de las gallaretas, el tintineo de tenedores y cuchillos sobre los platos al mediod√≠a, el viento constante y rabioso pasando por los tejados con direcci√≥n a la Sierra de la Buena Muerte, las pl√°ticas cuchicheadas de Esmeralda, el regreso de los carneros y de las ovejas, de nuevo al caer la tarde los mugidos tristes y prolongados de las vacas, los revuelos de los p√°jaros, el croar de los sapos en las orillas de la represa, el ruido de la planta de luz cuando llegaba la noche, la voz cansada de su abuelo contando sus historias repetidamente, los grillos, el vuelo de las mariposas, los gritos de la zorra, las hojas llevadas por el viento, el agitarse de las personas en sus hamacas, las respiraciones profundas de su madre, los ronquidos de su padre, pasos, truenos, gotas de agua pesadas y solitarias, todos los ruidos que llegan con la noche y que le dan miedo a la gente, que se lo provocaban, que todav√≠a se lo provocan m√°s, que le erizaban la piel como la tiene ahora.

 

Un d√≠a que estaba sentada en su poltrona de la terraza, oyendo los ruidos, advirti√≥ Iris que se estaba transformando. Tom√≥ de pronto conciencia de su cuerpo. Sinti√≥ que su pie estaba descalzo y que el cemento del suelo estaba fr√≠o. Sinti√≥ la adherencia de su cuerpo a la tela de la poltrona. Encontr√≥ extra√Īo poder controlar los movimientos de sus brazos y de sus piernas. Movi√≥ los dedos de las manos como si hiciera un descubrimiento. Apret√≥ con fuerza el √≠ndice de la derecha hasta sentir el delicado dolor de la sangre apretada en las venas. Se dej√≥ acariciar por el viento, que cari√Īosamente recorri√≥ sus piernas, le sopl√≥ secretos indescifrables en las orejas. Dej√≥ que le rozara levemente el rostro. Encontr√≥ que su sost√©n apretaba. Vio enfrente, en lo Alto del Possidonio, la casa de la Comadre Santa. Vio que los ni√Īos corr√≠an por la ladera en direcci√≥n de lo alto. Sinti√≥ correr la sangre por sus venas, llenando sus arterias. La sinti√≥ llegar a su coraz√≥n. Le agrad√≥ la suciedad de sus cabellos y tuvo ganas de jam√°s volver a ba√Īarse. Enfrente se encontraba la Sierra de la Buena Muerte, como hac√≠a tiempo no la hab√≠a visto. Comenz√≥ a comprender lo que pasaba dentro de ella. Deb√≠a estarse recuperando de su estado de locura.

Las personas que la rodeaban nada hab√≠an notado. Su madre continuaba despert√°ndola, como siempre, a las seis de la ma√Īana, la ayudaba a vestirse y la llamaba para tomar caf√©. Todos la miraban con los mismos ojos espantados. Pens√≥ en decir algo. Pero ten√≠a que hacer mucho esfuerzo para enfrentar a aquella gente, a aquel mundo aislado de los otros mundos. Ve√≠a el sufrimiento de su padre y de todos en la hacienda. Ella no pod√≠a participar de aquella vida con los ojos abiertos. Necesitaba refugiarse en su locura. ¬ŅDe qu√© le valdr√≠a volverse sana? No se iba a casar. Las personas la mirar√≠an como si fuera una desgraciada. Y ella permanecer√≠a enterrada en su casa, ayudando a su madre, eso s√≠, cocinando, cosiendo, limpiando la casa. Y eso no era vida. Mejor ver lo que pasaba frente a la poltrona.

Si por lo menos pudiera salir de la casa, ganar el mundo sola… Pero no. Sab√≠a que eso jam√°s conseguir√≠a hacerlo. Era quedarse en casa y esperar la muerte. Por lo menos enga√Īando al mundo ser√≠a m√°s f√°cil soportar. Hacerse la loca exigir√≠a de ella un trabajo permanente, una atenci√≥n constante, y le iba a dejar tiempo y medios para observar a las personas, conocerlas mejor. Continu√≥ callada. Sentada en la poltrona.

A veces tenía la impresión de que las personas desconfiaban. Le hacían alguna pregunta directa, igual a las que se hacen a la gente normal. Ella continuaba callada y procuraba demostrar su enajenación. Su padre, sobre todo, debía de desconfiar.

Ya estaba l√ļcida, por lo tanto, cuando llegaron a Salvador. Al principio vivieron en un lugar llamado San Jorge. Ella se sorprendi√≥ mucho. Nunca hab√≠a visto una ciudad tan grande. Aquella inmensidad de casas, una detr√°s de otra. Gente que pasaba cada cinco minutos. Carros que recorr√≠an la calle var√≠as veces al d√≠a. No la dejaron salir m√°s all√° de la sala de enfrente. De vez en cuando ten√≠a ganas de salir por la noche para ver el movimiento de la ciudad. Hasta lleg√≥ a pensar en confesar su lucidez para poder hacerlo. Tuvo ganas de vestirse de diablo o de alma de los infiernos y salir asustando a las personas en cada esquina. Pero esos pensamientos nunca consigui√≥ llevarlos a los hechos. Sab√≠a que cualquier ruido de la puerta ser√≠a escuchado inmediatamente y que

quien pasara por la calle a cualquier hora podría verla y hasta reconocerla.

En uno de los lados de la casa, la cerca daba a otra casa, mas grande que la de ellos, pero deshabitada. En alg√ļn otro lado, hab√≠a un sitio peque√Īo, donde viv√≠an los conserjes, una familia de mulatos. En los dos lados restantes, en la esquina, comenzaban caminitos de tierra, que seguramente llevaban a una infinidad de sitios diferentes. Como nunca la dejaban salir de casa, no pod√≠a saber hasta d√≥nde iban exactamente. Por eso, y tambi√©n porque sent√≠a atracci√≥n por la noche, decidi√≥ comenzar a hacer sus paseos nocturnos. Cuando todos estaban dormidos, abr√≠a la ventana de su cuarto sin hacer ruido y, con un vestido blanco y llevando en la mano una toalla blanca, para cubrirse la cara en caso de encontrar a alguien, tomaba el rumbo de los caminitos oscuros o aprovechaba para conocer mejor los sitios vecinos. La primera vez que tom√≥ el caminito oscuro que pasaba frente a la casa, se encontr√≥ un hombre de sombrero de paja, de piel oscura, fumando un cigarro, de mirada atenta, y el miedo la hizo gritar. El hombre la mir√≥ con cara de terror y corri√≥ a toda velocidad. Se sinti√≥ bien. Encontr√≥ que pod√≠a ser la reina de la noche.

Y tuvo ganas, como ya las hab√≠a tenido otras veces, de salir dando sustos a las personas en cada encrucijada del camino. Se acord√≥ de la voz ronca que pod√≠a fingir, imitando al diablo, en su primer a√Īo de locura. Se acord√≥ del susto que le peg√≥ a Teodoro e intent√≥ repetir el zumbido que hab√≠a hecho aquella noche. Lo consigui√≥ y no se contuvo. Sali√≥ corriendo y se intern√≥ en la oscuridad, en busca de alg√ļn encuentro, de preferencia un hombre fuerte, con pinta de valent√≥n, pero que tuviera, como todo el mundo, miedo a la noche y a lo desconocido.

En la primera encrucijada, sali√≥ del camino, se escondi√≥ en las matas por atr√°s del tronco de un jenipapeiro3 y esper√≥ a su v√≠ctima. Pas√≥ primero un muchacho en bicicleta, pero resolvi√≥ ahorr√°rselo. Escuch√≥ pasos fuertes, deb√≠an ser de hombre, de hombre grande y decidido, poni√©ndole mala cara a la noche para ocultarse su propio miedo. De repente dio un salto hasta la mitad del camino y produjo su zumbido de terror, comenzando bajito, subiendo despu√©s hasta volverlo alto y delicado. El hombre se detuvo con calma, se arrodill√≥, hizo la se√Īal de la cruz y le pregunt√≥ como su t√≠a ante el fantasma de Do√Īa Alta: “¬ŅQui√©n puede m√°s que Dios?” Respondi√≥ con aquella voz ronca con la que hab√≠a asustado a Teodoro: “El diablo”. Y fue acerc√°ndose a √©l, hasta que advirti√≥ que segu√≠a calmado y no parec√≠a que fuera a huir. Entonces tom√≥ una decisi√≥n: lo estrangular√≠a. Se quit√≥ la toalla del rostro y avanz√≥ decidida en direcci√≥n del hombrecito, tratando de apretarle el pescuezo. Pero no lo consigui√≥. El se libr√≥ de ella y corri√≥ buscando socorro. Hab√≠a realizado su gran acci√≥n del d√≠a y regres√≥ tranquila a casa. Not√≥ que su ansiedad pasaba siempre que lograba dar un gran susto.

En una de esas salidas nocturnas, Iris acept√≥ subir con unos hombres a un coche. Eran el diablo: la maltrataban, se re√≠an de ella, tocaban su cuerpo sin respeto, la humillaban y el placer que sent√≠a ella que quer√≠a probar ven√≠a desde el fondo de su peor pozo. Quer√≠a ir con ellos a alg√ļn lugar donde se encontrara a salvo, para ya no temer nada. Finalmente la llevaron a la zona de tolerancia y all√≠ la abandonaron. Entr√≥ en una casa con luz negra en el fondo y se√Īora gorda, de minifalda, en la puerta. Y en aquella misma noche consigui√≥, sin esfuerzo, su primer empleo en la ciudad.

Esa ocasi√≥n en que Iris cantaba, en la capilla abandonada, no hab√≠a oyentes ni espectadores. S√≥lo un viejo aparato de radio le hac√≠a compa√Ī√≠a.

Después de aquella noche llena de recuerdos tan antiguos, y después de cantar tan diferente, como en otra época, escuchó truenos a lo lejos. Ninguna Sierra de Buena Muerte estaba en el horizonte, pero algo había pasado. No debía haber aceptado la invitación de aquel Riobaldo que la había traído a esta capilla.

Había sido más fuerte que ella. Ella había querido detenerse allí, porque deseaba, no salvar al mundo, sino salvarse a sí misma. Ninguna Caverna del Alemán sería posible sin aquella parada. Ella había cedido y ahora estaba segura de que había cedido al diablo, para encontrar la salvación. Lo que estaba hecho hecho estaba, y ahora confiaba más que nunca en que el diablo la llevaría por el camino de la salvación. Decidió continuar su viaje.

Pensaba ahora que la eternidad hab√≠a cambiado de forma: siempre, ahora, esto y aquello, aqu√≠ y all√≠ hab√≠an adquirido otra naturaleza. Y hasta pod√≠a ser que llegara a olvidar el sue√Īo en el que quer√≠a entrar con toda libertad.

¬ŅIba a renunciar a la supuesta seguridad de lo conocido por la supuesta libertad de lo desconocido? Lo desconocido era s√≥lo la interrogaci√≥n de lo conocido. Y lo revelado, la iluminaci√≥n, apenas sorpresa que no depend√≠a de su voluntad ni de su viaje.

¬ŅDe nuevo ser√≠a la locura? Ten√≠a miedo de conseguir una libertad tan infinita que eliminara las referencia a una memoria de s√≠ misma. Pero la locura tambi√©n la fascinaba, porque la hac√≠a viajar fuera de todo lo concebido.

No muy lejos, en pleno Sert√≥n, ocurri√≥ el milagro: Iris dio con un camino de asfalto ancho y largo, del cual no se ve√≠a el fin. Era extra√Īo encontrar aquel camino despu√©s de tanto caminar. Se imagin√≥ que ser√≠a algo as√≠ como una enorme pista, que la llevar√≠a quiz√°s a otra dimensi√≥n de la vida. Sigui√≥ el camino hasta ver las luces en el horizonte. Algunas horas m√°s de caminata y divis√≥ muchas pistas que se cruzaban en una ciudad espacial. Era la ciudad del futuro, del Tercer Milenio o de un planeta m√°s avanzado que la Tierra.

Sinti√©ndose ya lejos de la Tierra, meditaba sobre su vida transcurrida en aquel planeta peque√Īo, que giraba en torno de una estrella de tama√Īo medio con la que viajaba por el universo. Su cabeza nunca hab√≠a conseguido desprenderse de aquel peque√Īo planeta. El universo hab√≠a sido s√≥lo una palabra o la imagen de un enorme espacio oscuro que se perd√≠a de vista, lleno de puntitos luminosos, como el cielo que le encantaba en las noches del Deslavado o que ve√≠a en la foto blanco y negro de un libro de la escuela que nunca hab√≠a le√≠do.

Había nacido y vivido en la Tierra y de ahí su relación con el cobre y con el fierro. Eran los metales que le daban energía. Y por eso andaba, una media luna de cobre en la

punta del zapato derecho, una figa de fierro colgada en el cuello. Pero el símbolo de la Tierra era -se acordó-el oro, ya que el oro tenía la tradición de lo bello, de lo caro, de lo raro. Si muriera quería ser laqueada con oro.

Sabía que su aura tenía coloración verde. Andaba verde aquella tarde.

Cuanto más se acercaba a la ciudad, más advertía que se estaba volviendo paranoica. Magdalena tenía razón. El psicoanalista sabe a ciencia cierta de esas cosas. Así, por ejemplo, caminaba y oía un estallido como el de una bomba, a lo lejos, por su lado derecho. De tanto escuchar aquel ruido se acostumbró a él y pensó que, de aquel lado, siempre estallaban las bombas de vez en cuando. Pero escuchó estallar otra del lado izquierdo. Entonces, ya segura de que iba a comenzar la guerra por encima de ella, dudó de que este planeta fuera la misma Tierra.

Despu√©s se imagin√≥ que hasta podr√≠a ser el blanco, ella que no quer√≠a la guerra. Pero ¬Ņpor qu√© pensaba s√≥lo en ella misma? ¬ŅY la humanidad? ¬ŅY cada hombre? Hab√≠a una esperanza para la raza humana: dioses diferentes -pens√≥ Iris- pueden pedir diferentes cosas a diferentes hombres. Nada imped√≠a que, siguiendo la orden de los dioses, la humanidad pudiera desaparecer pronto, pero primero era necesario que hubiera un acuerdo entre los dioses.

No sab√≠a por qu√© pensaba constantemente en su martirio y el de todos los hombres. ¬ŅSer√≠a que, en el fondo, todos los hombres eran tristes como ella? ¬ŅO ser√≠a masoquismo suyo, como una vez le explicara Magdalena?

Sinti√≥ odio por lo que estaba sucediendo. Pero pens√≥: “debo dirigir mi odio contra las cosas vagas y abstractas. Mejor odiar a la humanidad que odiar a cada hombre. A cada hombre s√≥lo s√© darle amor. Los odio a todos por amar a cada uno”.

De cualquier manera, no quer√≠a morir. Si no encontraba la Caverna del Alem√°n tendr√≠a que descubrir otra forma de sobrevivir. Le vino la idea de que s√≥lo estar√≠a en condiciones de obtener, a trav√©s de su propia voluntad, todo lo que quer√≠a, cuando fuera capaz de saber c√≥mo controlar con su propia mente cada peque√Īa c√©lula del cuerpo. S√≥lo en ese momento se podr√≠a ser eterno. Nadie hasta hoy hab√≠a conseguido llegar a esa etapa, como tampoco se hab√≠a descubierto todav√≠a el √°tomo en materia de energ√≠a extrasensorial. Sab√≠a, con todo, que para ella la eternidad y la comunicaci√≥n directa con el universo no estaban lejos.

C√≥mo hab√≠a sido posible, no lo sab√≠a Iris. Pero la ciudad en la que estaba caminando era, de nuevo, Brasilia. El diablo no era de confianza. La hab√≠a enga√Īado. La hab√≠a hecho caminar en c√≠rculo. Ella hab√≠a caminado horas en vano, buscando una caverna y s√≥lo hab√≠a dado una vuelta por las extensiones de cerrado2 que rodean el lago. Su consuelo fue obtener as√≠ la prueba de que el sert√≥n est√° en todas partes, incluso en Brasilia.

Asustada por los tiros y las bombas, que cada vez escuchaba m√°s fuertes, Iris decidi√≥ tomar el camino de su templo, en el jard√≠n de la Salvaci√≥n. Por lo menos all√≠ encontrar√≠a la reconfortaci√≥n de sus seguidores. Si Pablo Antonio estuviera a√ļn desaparecido, ella ser√≠a capaz hasta de tomar las armas.

Todavía durante aquella noche llegó Iris al jardín de la Salvación. Su primer providencia fue buscar una veste amarilla, amarillo oro, amarillo que era también un color escurridizo, que podía enfrentarse al colorado pegajoso que avistara en la nochecita en los cielos de Brasilia.

El retrato de Iris no abarca toda la dimensión de lo que está viviendo. No había llegado a fin ninguno y por eso tampoco había podido comenzar. Toda su vida había sido una continuación, fines que eran principios y principios que eran fines. Navegar, explorar, buscar nuevas intensidades y una comunión más profunda -había coincidido una vez con un poema que le habían leído. El fin alcanzado era sólo ausencia de vida, reencuentro con el principio de los principios, en el silencio desconocido. No tenía por qué decidirse entre quedarse y seguir, ya que seguir era quedarse y viceversa. Y, mientras tanto, deseaba, tenía ganas, tenía decisiones que tomar y problemas que resolver.

Ten√≠a miedo de que en el momento de su muerte, ya sin tiempo para descubrir y vivir la verdad, tuviera una revelaci√≥n: algo parecido a un √°ngel que viniera a decirle que todo lo que hab√≠a vivido, todo lo que hab√≠a visto, era falso. El mundo era otro, que no hab√≠a conocido. Y entonces ella tendr√≠a la certeza de que se hab√≠a equivocado al escoger su vida. ¬ŅHab√≠a sido su vida s√≥lo un largo desv√≠o? ¬ŅSu vida verdadera deber√≠a haber sido otra? ¬ŅHab√≠a sido ella s√≥lo una mentira?

Iris entró en el templo piramidal, cubierto de símbolos, muchas estatuas y algunas velas, ya apagadas, una mesa cubierta por un mantel de lino blanco, una gran ventana abierta hacia lo oscuro.

Ella todav√≠a escuchaba, imponi√©ndose ahora al chillar del agua del riachuelo que corr√≠a cerca de all√≠, los ruidos de los tiros y las bombas, que ahora todos en la Ciudad de la Salvaci√≥n confirmaban ser de la guerra que hab√≠a comenzado. Iris estaba fija en la muerte, en el Apocalipsis. Ten√≠a un miedo permanente que le dol√≠a en el est√≥mago, que coagulaba su sangre, que le produc√≠a poco a poco √ļlceras e infartos. Los d√≠as fueron pasando sin que nada cambiase, y ella no sab√≠a de d√≥nde sacar m√°s fuerzas, cuando menos una poca de alegr√≠a, para sobrevivir.

Se acord√≥ de la iluminaci√≥n de aquel crep√ļsculo en que hab√≠a comido hongos con Fernanda, Magdalena, Silvita y Cad√ļ. ¬ŅEntonces Fernanda iba a quedarse diciendo que el Apocalipsis es lo mismo que el G√©nesis y que, entre los dos, era m√°s divertido el G√©nesis?

Para Iris el Apocalipsis, la muerte, ten√≠an que ser contemplados con sufrimiento, con seriedad. D√≠as tras d√≠a, notaba todo lo que la estaba llevando hacia una y otra cosa. Y ahora que le parec√≠a muy remota la posibilidad de encontrar la Caverna del Alem√°n, ten√≠a la certeza de que no escapar√≠a. Y cuando llegara el momento definitivo, ¬Ņqu√© podr√≠a hacer? S√≥lo alcanzaba a imaginar una de dos: por primera vez empu√Īar√≠a las armas, iba a matar si fuera necesario, para defenderse a s√≠ misma y para defender al mundo; o se

matar√≠a. Por fortuna, hac√≠a poco hab√≠an lanzado en el Brasil unos buenos manuales ense√Īando a hacer una y otra cosa: un libro americano sobre las diferentes formas de matar y uno franc√©s explicando todas las t√©cnicas del suicido. Pens√≥ en invocar a Ox√≥ssi, a San Jorge Guerrero, para que le dieran fuerzas para la lucha. Mir√≥ la cruz, la estrella y tambi√©n la estatua de Oxal√°, que, entre cientos de otras, ocupaba el panel principal del Templo de la Salvaci√≥n. Oxal√° aparec√≠a apoyado en su apaxor√≥, especie de gran b√°culo de plata, en cuyo tope estaba posada una paloma, s√≠mbolo de la paz. Iris decidi√≥ no rezar. Ser√≠a in√ļtil. Ya no cre√≠a en los santos de la Macumba.

Hasta hac√≠a pocos d√≠as hubiera invocado al esp√≠ritu de su fallecido padre; hubiera imaginado que Cristo estar√≠a a su lado. Todav√≠a en otros tiempos, se habr√≠a fundido con el universo, habr√≠a dejado de existir como “yo”, habr√≠a llegado al Nirvana antes de la muerte y todav√≠a tendr√≠a tiempo para quedarse un poco en la tierra, para ayudar a los dem√°s. Y si hubiera sido en aquella √©poca en que lleg√≥ a Brasilia, se habr√≠a puesto todos los amuletos en la frente, hubiera pedido la protecci√≥n de Omulu, de Nanan, con las manos en la tierra, los ojos bajos. Ahora que su fe ya no exist√≠a, ¬Ņqu√© clave pod√≠a ella detentar de los misterios del mundo? No ten√≠a la soluci√≥n de nada.

Mir√≥ en el horizonte el claro difuso hacia el lado de Brasilia y, si se le hubiera permitido, habr√≠a tenido una iluminaci√≥n m√°s en su vida: la de que aquella ciudad era como una droga, o sea, una ciudad sin contenido, que pod√≠a ser lo que ella imaginara…

La √ļltima sensaci√≥n de Iris antes de salir de la novela fue la de que, una vez m√°s en su vida, estaba llegando al final de s√≠ misma.

Y porque ella había renunciado a todas las creencias, sobre ella se abatió la venganza de Iemanjá, revolviendo los océanos creados por sus senos lacrimosos.

Mientras tanto, como en toda historia, hubo otra versi√≥n. Iris hab√≠a desaparecido de su pir√°mide, donde sus disc√≠pulos encontraron semillas esparcidas por el suelo. Plantaron un √°rbol con ellas y el √°rbol creci√≥ tan r√°pido que luego de unos a√Īos circulaba la historia de que la m√©dium se hab√≠a convertido en √°rbol.

Sólo fuera de esta novela podría Iris tener todavía otro destino.

(Fragmento del cap√≠tulo “Como en un viaje de √°cido” de la novela Ideas para Donde Pasar el Fin del Mundo).

Notas del traductor:

1. El Saci es una entidad fant√°stica del Brasil. Es un negrito de una sola pierna, con una pipa y una birrete rojo (fuente de sus poderes m√°gicos). Persigue a los viajeros o les arma trampas.

2. Vegetación rala, de árboles bajos retorcidos, de la meseta central del Brasil.

3. Arbol de la familia de las rubi√°ceas.


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