LAS CINCO ESTACIONES DEL AMOR

No es f√°cil presentar la obra de Jo√£o Almino y no por el libro que presento. La novela de Jo√£o se presenta sola, con su hermosa portada, y atrapa al lector desde la primera p√°gina. No es f√°cil por el temor de hacerle un mal servicio a un autor tan valorado por la cr√≠tica brasile√Īa y porque Jo√£o es de esos autores que se ven a si mismos con enorme lucidez, porque √©l es un cr√≠tico y un excepcional ensayista, porque su libro llega

premiado a nuestras manos, en su traducci√≥n al espa√Īol. Por eso organic√© esta exposici√≥n en unas cuantas entradas a la novela sin mayor pretensi√≥n que la de iniciarlos en ella.

Primera estancia

Los cr√≠ticos y los acad√©micos en particular, parecemos estar condenados al logocentrismo, agobiante y sospechoso, herencia del pensamiento que nos form√≥ y que frecuentemente se vuelve contra quien lo ejerce, como el monstruo que es de la raz√≥n. Jo√£o el autor, en su vertiente de novelista, Ana la narradora, van a transformar las mismas palabras creadoras del logos que aprisionan en el mundo de la raz√≥n en un escape, a trav√©s de un largo via crucis de la narradora, en el que se destruyen, tambi√©n con palabras, creencias pol√≠ticas, intelectuales y personales. Intentar atrapar lo que la raz√≥n insiste en llamar “elemento central” en esta novela es una pretensi√≥n vana. El momento atrapado en la vida de la narradora en el mismo acto de escribir, la vida de sus amigos, de sus parientes y de su ciudad, de Brasilia, es un momento cambiante, cr√≠tico, porque jam√°s se agota en sus desdoblamientos imprevisibles y no le permite a la protagonista ordenar la memoria y la vida pasada como en un ensayo, que talvez sea, en forma inicial, su intenci√≥n. La emoci√≥n agobia y desarticula su identidad. Cuando la protagonista encuentra el tiempo para pensar y buscarle un sentido a su vida, el d√≠a a d√≠a se llena de nuevos desaf√≠os que desarman el eje racional de su existencia.

La narradora de la novela es ANA-DIANA. Su nombre legal, Diana,contiene el nombre real, Ana, por el cual es conocida y con el cual se revela en el mundo de las apariencias. Es una profesora universitaria, cincuentona, jubilada, deprimida, que, en el momento de revalorar su vida personal, su separación, la soledad propia y la de su grupo de amigos,

revela al lector la imposibilidad de establecer un √ļnico eje para comprender a su generaci√≥n, la vida de su ciudad y los meandros de su propia existencia. El mundo de Ana, lleno de las irresoluciones que carga su generaci√≥n, la de los sesentas, la generaci√≥n semiperdida en la represi√≥n del r√©gimen militar, es un mundo demasiado complejo para que unas cuantas ideas puedan dar cuenta de √©l. Ese es el descubrimiento que hace Ana a partir del momento en que se entera del regreso, de los Estados Unidos, de uno de sus m√°s entra√Īables amigos.

Segunda estancia

Norberto, el amigo, le cuenta por carta que se ha operado y es ahora una mujer. Berta es descarada, vulnerable, afectuosa e imposible. Pone en crisis a Ana y todos los que viven en su casa. Se arriesga, se escapa y, aunque es el principal promotor del reencuentro con los amigos, no lo aflije el destino de la generación que representa. Es, desde el punto de vista simbólico el más instigante de los personajes. Es lo que se expone y lo que se oculta, es lo permanente y la ruptura, el valor ciego y el desprecio por

el mundo pol√≠ticamente ordenado.Provocador, es asesinado con sa√Īa transform√°ndose en el inmolado, otra v√≠ctima propiciatoria de una sociedad

que ha cambiado un poco, pero que ha encontrado otros resortes que disparan

una nueva maldad y otros tipos de violencia.

La violencia pol√≠tica que se llev√≥ a Elena, la amiga desaparecida en los setenta, regresa, enmascarada, para llevarse en la celebraci√≥n del a√Īo 2000, a otro rebelde. Mientras la represi√≥n pol√≠tica hizo desaparecer el cuerpo de Elena, y el tiempo ha desgastado el cuerpo de la ciudad y al grupo de amigos de los sesenta, el cuerpo de Berta con su inconformidad sexual, su opci√≥n radical y personal, es destrozado por otra forma del terror pol√≠tico: el crimen urbano.

Entre los objetos simb√≥licos que literalmente circulan en la novela, y acechan el destino de Norberto-Berta, de Ana-Diana, est√° la pistola autom√°tica que Ana lleva en la bolsa o esconde en su casa. Ana, la luchadora de los setenta, que no toleraba la vista de armas porque le recordaban los a√Īos de la represi√≥n, no se separa del arma, vive aterrada de poseerla pero m√°s aterrada a√ļn porque la violencia es general y se presenta sin uniforme

y en cualquier parte. Por eso la lleva, la esconde, la presta, se la roban. No sabe pero sí sabe qué hacer con ella. Es un objeto indeseable y tentador. Es una forma de salvar y de perder la vida. Es un objeto detestado pero es la forma que tiene esta mujer sola y obsesiva de protegerse en Brasilia.

Tercera estancia

¬ŅQu√© pas√≥ con Brasilia en la obra de Almino, la constante en su llamada Trilog√≠a de Brasilia? Ana, la narradora, busca al comienzo de la novela un norte, un norte emblem√°tico, en el dibujo inicial de Lucio Costa, el que fue el plan maestro de la ciudad. En Brasilia, al contrario de ciudades m√°s espont√°neas, digamos, no tenemos que subir al m√°s alto edificio para poder abarcar con la mirada un conjunto que guarde cierta armon√≠a, como lo hacemos en M√©xico o en Nueva York. De hecho ning√ļn edificio ser√≠a lo suficientemente alto para abarcarla. Nos basta con conseguir el dibujo del proyecto original. Esa es la √ļnica posiblidad que tiene la mirada de encontrar una forma que explique y distribuya, en sus sectores, esta extra√Īa ciudad: las alas tendidas de una mariposa que se anudan en la parte central, la del gobierno. La misma idea inicial de sus constructores apartaba Brasilia del geometrismo de las ciudades trazadas desde la √©poca colonial. Un dibujo no-geom√©trico para una ciudad en la que la distribuci√≥n del espacio, desde la arquitectura, suplir√≠a el mal dise√Īo social de la vida brasile√Īa. De ese proyecto ut√≥pico de ciudad s√≥lo queda un dibujo , miles de veces reproducido en el papel. La ciudad ha envejecido junto con el grupo de amigos de Ana, ha visto sus ideales frustrados como los de los primeros estudiantes de su Universidad, cincuentones ahora. La forma permanece, como aquella generaci√≥n, un tanto vencida, en espera de mejores tiempos, de unas cuantas cosas que cambiaron para bien, lo que sobr√≥ del ideal revolucionario, en el decir de uno de los amigos del grupo de Ana.

Cuarta est√Ęncia

Cuatro son las estaciones del a√Īo, cinco las del amor, propone la novela. No sabemos si las estaciones del amor son c√≠clicas como las del a√Īo o progresivas y √ļnicas. En nombrarlas se oculta la mano de la narradora y aparece la mano del autor. La primera es la soledad, seguidapor la palabra, la constructora del amor, a la que sigue el laberinto generado por la palabra y por el amor. La cuarta es el agotamiento del amor y la palabra, de la vida misma. Hasta ah√≠ la similitud con las estaciones del a√Īo, porque la quinta escapa al ciclo fatal de la naturaleza con el encuentro de la persona √ļnica y ben√©vola con la que se comparte el amor y la vida, otro de los sue√Īos posibles arrancados al via crucis de Ana por las cinco estaciones. Esta posibilidad humana, que escapa al mundo de la racionalidad, no s√© si “natural”, cualquier cosa que eso signifique para los seres humanos, se abre ante Ana, la narradora problem√°tica, al final del tr√°nsito por las otras cuatro estaciones, despu√©s de un rito inici√°tico o un camino de expiaci√≥n. La quinta estaci√≥n es c√°lida en su comunicaci√≥n de pieles y miradas, poco elaborada intelectualmente y no sabemos si sea el escape de un ciclo fatal o el comienzo de otro en los proyectos literarios del autor.

Quinta estación

Es suficiente, con lo que conocemos de la obra literaria de Almino, darse cuenta de que en sus a√Īos fuera de Brasil, que son muchos, no abandona jam√°s a Brasilia como idea, como s√≠mbolo, como met√°fora. Ya lo dijimos, idea pol√≠tica, de omnipotencia desarrollista, s√≠mbolo que pertenece a un proyecto est√©tico de la mitad del siglo XX, no menos omnipotente en su visi√≥n redentora; met√°fora del cambio, de la transformaci√≥n. Pienso en

Almino, como muchos de nosotros, llegando a Brasilia en sus primeros a√Īos, vi√©ndola nuevecita, con la tierra roja a√ļn revuelta y la blancura que ha querido ser sagrada de sus edificios audaces. Y el contraste sobrecogedor: el canto ensordecedor de las cigarras, como s√≥lo se oye en el campo antres de la lluvia, y las plantas del cerrado original abri√©ndose paso tenazmente, ante las primeras gotas, en el concreto reci√©n tendido de sus avenidas. Creo que en la obra de Almino, en la trilog√≠a de Brasilia, esta experiencia,

naturaleza y artificio, se expresa, recurrentemente, en la idea milenarista. Brasilia es una ciudad nueva que nos recuerda el inicio y el fin de los tiempos. Constru√≠da en los a√Īos cincuenta, su proyecto racionalizador de la vida pol√≠tica y urbana, apuntaba al futuro, al lejano, entonces, a√Īo 2000. Como todos los finales del mundo que anuncia el milenarismo, como aqu√©l que anunciaba Carmen Miranda en un famoso samba de Carnaval, las profec√≠as milenaristas no se cumplen. Quedan las parodias, el gesto a medias, el festejo desangelado, frustrado del a√Īo 2000 en Bras√≠lia, uno de los pivotes del relato de Ana.

El milenarismo asociado a Brasilia en esta novela tiene, me parece, el sentido de se√Īalar la contradicci√≥n entre el proyecto de ciudad y de modernizaci√≥n econ√≥mica y pol√≠tica del pa√≠s frente a todo aquello que rebasa la raz√≥n, la raz√≥n ut√≥pica. Al lado de las racionalizaciones urban√≠sticas que deber√≠an conducir a la utop√≠a social, el antiguo misticismo arraigado en la cultura brasile√Īa, sienta sus reales. Los j√≥venes revolucionarios de comienzos de los a√Īos setenta, los portaestandartes del proyecto

revolucionario modernizador, se re√ļnen en unos de estos espacios religiosos, estos valles que rodean Brasilia, poblados de extra√Īas sectas religiosas, para jurarse amistad y pactar el reencuentro en el a√Īo 2000. En el a√Īo 2000 los amigos, los que quedan, se re√ļnen nuevamente para refrendar un pacto, ya no por la utop√≠a pero s√≠ por la amistad, por aquello que est√° a nuestro alcance. Brasilia , como en aquel hermoso ejemplo que invocan Adorno y Horkheimer en la Dial√©ctica de la Ilustraci√≥n , como todas las racionalizaciones modernas de la sociedad, coexiste con el canto seductor y fatal de las sirenas, de lo innombrable, lo oculto, el caos primigenio, pre-racional y pre-social. Brasilia se transforma entonces, m√°s all√° de su importancia local, en una ciudad emblem√°tica de la disoluci√≥n de los tiempos modernos. Hace cincuenta a√Īos, junto con los planos, la maquinaria, las nuevas t√©cnicas de construcci√≥n, los edificios, la reglamentaci√≥n y la esperanza de los nuevos tiempos, comunidades enteras de hippies abren el Valle delAmanecer que hoy en d√≠a se multiplica en todo tipo de espacios dedicados a las religiones alternativas y al esoterismo.

Final

Una mujer sola, profesora de filosofía, en una casa ocupada por sobrinos y empleados, se prepara para un reencuentro con sus amigos de la época de la insurgencia contra el régimen militar. Igual que en la escritura, una cosa lleva a otra. Al hacerle espacio al amigo que viene de fuera, se pone a limpiar papeles, diarios, otros escritos que la exponen a las magras sobras de su vida anterior. Ana, la narradora, se reconoce llena de limitaciones y
abandonos, incapaz de integrar a Diana su alter-ego no intelectual y vital.

Ana, en la escritura que le da vida, comienza a recorrer las dif√≠ciles estaciones del amor, que son del amor y de la amistad. Se enfrenta al deterioro de la ciudad, a la presencia constante de la muerte que, como la pistola, aparece y desaparece en el relato Se enfrenta tambi√©n, a la imposibilidad de darle a su amigo Norberto, ahora Berta, un lugar en su casa. Mientras tanto llegan amigos de R√≠o y S√£o Paulo para la prometida reuni√≥n del a√Īo 2000. Las estaciones no terminan. Ana en este camino de expiaci√≥n es traicionada por un sobrino y un empleado y puesta en riesgo de muerte. Berta muere asesinada. Ana quema sus libros y papeles como quien

quema las naves in√ļtiles de su traves√≠a e intenta el suicidio. Con la convalecencia viene la quinta estaci√≥n del amor, una estaci√≥n simple y armoniosa. Simb√≥licamente librada de sus memorias, de sus escritos sobre Plat√≥n, casi sin pensamientos, incorpora a Diana, se atreve a iniciar una nueva vida fuera de los moldes de su anterior vida intelectual, que disuelve poco a poco, el acto de narrar.

No s√© cual de las tres novelas es la que prefiere Jo√£o, en el caso de que prefiera alguna. A veces pienso que prefiere Ideas sobre donde pasar el fin del mundo, por su vigor, y su originalidad. A ratos estoy segura que es Samba -enredo porque √©sta es un tour de force narrativo, es un orgullo para cualquier escritor. Pero esta √ļltima, Las cinco estaciones del amor es la entra√Īable, la que expone bajo una luz sofocleana como dec√≠a Pound, la fragilidad de las ideas que nos han dado aliento, la audacia de quemar naves y papeles, la esperanza en el acto de narrar, met√°fora de la vida, y la imagen de una Brasilia, con todo lo que significa, a la que a√ļn esperan mejores d√≠as.


REDE SOCIAIS